domingo, 16 de diciembre de 2018

Samuráis de Suruga (XIII): Malas y buenas noticias

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En el episodio anterior, los protagonistas de la campaña de samuráis con Mythras lanzaron un ataque contra el mismo corazón de su antiguo castillo. Y tras una huida repleta de peligros, se refugiaron de nuevo en Shimada. ¿Habrá bastado este ataque para detener la ofensiva del señor Ishizaki? ¿Estará a salvo finalmente el jovencísimo heredero del señor Tadano? Sigue leyendo para descubrirlo:


En la sala de audiencias de Shimada reinaba un silencio expectante. Okura, Togama, Kyosuke y Kawazu acababan de relatar su hazaña al señor Hosokawa y aguardaban la reacción del hermanastro de Tadano.

—Buen trabajo, señores Kuroki y señor Arakaki. Habéis cumplido con honor una misión muy difícil y propiciado un duro golpe a las tropas ishizaki. Esperemos que baste para retrasar el avance de sus fuerzas por lo menos hasta bien entrado el verano del año próximo —Hosokawa hizo una pausa antes de proseguir—. El señor Morioka fue muy valiente al ofreceros su ayuda. Espero que su treta funcione y el ataque de sus samuráis no le acarree consecuencias a él y a su familia. Tal vez es posible que alguno más de los hombres que os ayudaron logre llegar hasta aquí y se una a nosotros.

Luego Hosokawa se dirigió específicamente hacia Kawazu.

—Señor Arakaki, os ofrecisteis a rebajaros a la condición de ronin para cumplir la orden del señor Morioka, en un acto de sacrificio y honorable fidelidad. ¿Querréis volver ahora a sus tierras o preferís proteger al heredero de Tadano como los Kuroki?
—Con su permiso, señoría —empezó Kawazu—, he venido hasta aquí precisamente para eso. Cuando los Kuroki informaron a nuestro señor de que el heredero sigue con vida, no dudé ni un instante en ofrecerme voluntario para la misión. Si volviera ahora al feudo de Morioka, podría causarle problemas, así que prefiero luchar contra los Ishizaki en vuestro bando.
—Son tiempos difíciles, pero necesitamos a hombres valientes y leales como vos, así que os aceptamos de buen grado. Ahora decidme: ¿juraréis vasallaje a la casa Hosokawa o al hijo de Tadano?

Kawazu tampoco dudó esta vez e, igual que los Kuroki semanas antes, fue ascendido a la posición de hatamoto. En adelante, formaría parte de la escolta personal del pequeño heredero, que así pasaba a tener cuatro integrantes. Tras la breve ceremonia, Togama tomó humildemente la palabra con una reverencia:

—Su señoría —dijo el sacerdote—, querríamos saber ahora cómo se encuentra el hijo de Tadano y si ha gozado de buena salud en nuestra ausencia.

La expresión del rostro de Hosokawa se tornó sombría, frunció el ceño y exhaló un suspiro.

—Me apena tener que informaros de que Kozō cayó enfermo el día después de vuestra partida. Lo peor de todo es que, hasta el momento, ninguno de los médicos a los que hemos consultado conoce el remedio para su mal. He llamado a todos los médicos de la zona pero no ha habido éxito. Me temo lo peor... Pero por favor, descansad por ahora. Mañana interrogaremos al shinobi que capturasteis (ver ep. VIII). Veremos si suelta la lengua.

Los Kuroki y Kawazu fueron a ver al niño para ver ellos mismos su estado. Cuando llegaron a su habitación, lo encontraron junto a su niñera, que justo en aquel momento había acabado de amamantarlo. Togama hizo una reverencia y se arrodilló junto al niño.

—Dadme unos instantes. Penetraré el velo del mundo invisible y veré de qué tipo de enfermedad se trata.

La niñera se apartó hasta un rincón de la habitación, haciendo espacio para que los demás pudieran entrar y sentarse. Togama se concentró y su rostro adoptó aquella expresión que indicaba que estaba observando el mundo de los kami. Tan pronto como dirigió la mirada hacia el bebé, su semblante expresó una sorpresa y horror.

—¡Por... por todos las ochenta miríadas de kami! —consiguió decir entre respiraciones agitadas, y su visión regresó a la realidad.
—¿Qué sucede? ¿Qué has visto, primo? —preguntó un consternado Okura.
—Kozō... Le rodea un aura muy negativa. Viven en él unos kami de gran poder y maldad. En mi vida había visto algo tan... perverso. Echarle una maldición de este tipo a un bebé que no ha hecho nada... ¡Malditos ishizaki!

Las malas noticias sentaron como un cubo de agua fría que apagó al instante los ánimos encendidos tras la última misión.

—Entonces... ¿Hay alguna posibilidad de eliminarla? —se atrevió a preguntar Okura.
—No lo sé. Si la hubiera, los sacerdotes de aquí ya se hubieran puesto a ello, pero si viene de la misma persona que hizo reanimar a los muertos en la llanura del castillo, será muy complicado. Por lo menos no parece que le afecte directamente. Si le hubiera podido matar estoy seguro de que ya lo habría hecho. Tendremos que estar alerta por si se manifiesta de algún otro modo.
—Parece que tendremos que buscar ayuda fuera de las tierras de Hosokawa —concluyó Kawazu.

Sin poder hacer nada por el joven daimio, los cuatro hatamoto se retiraron finalmente a descansar. No obstante, apenas lograron conciliar el sueño, pues durante toda la noche no dejaron de pensar en cómo eliminar la maldición. A la mañana siguiente, y aún con la cabeza puesta en el bebé, todos se reunieron en el patio de la fortaleza donde iba a tener lugar el interrogatorio del shinobi capturado. Cuando se reunieron todos, Hosokawa tomó la palabra.

—Bien, ya estamos todos aquí. Vamos a ver qué sacamos en claro. Yamauchi, ¿qué método sugieres? —preguntó el daimio a un hombre junto a él. Se trataba del carcelero de Shimada. Cuando era necesario también hacía de torturador y otros trabajos del mismo calibre.
—Señor, sugiero el método del caldero. Suele funcionar bien cuando se necesita extraer información importante.

Hosokawa se lo pensó unos segundos y aceptó la sugerencia.

—¡Traed el poste y el caldero, vamos! —ordenó.

Al instante, unos sirvientes trajeron un poste de madera con una cuerda y otros pusieron a preparar un fuego para calentar el agua que había dentro de un caldero enorme. Los allí presentes empezaron a hacerse una idea de lo que iba a pasar, al igual que el prisionero, que siguió con el mismo rostro imperturbable. Lo colgaron de la cuerda de los pies justo encima del caldero humeante. Hosokawa se le acercó y le dijo:

—Podemos hacerlo por las buenas o por las malas, tú eliges.

No hubo respuesta.

—Bien, no esperaba menos. Adelante, Yamauchi.

El carcelero dejó ir de golpe la cuerda y el ninja quedó sumergido bajo el agua hirviendo. Su cuerpo se empezó a agitar violentamente y un ruido apagado que salía del caldero se convirtió en un grito de dolor cuando Hosokawa mandó subir el cuerpo.

—¡Iaaaaarggghh! —aulló el preso.

El proceso volvió a repetirse. Cuando salió de nuevo, su cabeza humeaba y su rostro era de un rojo carmesí intenso. Se sucedieron otros gritos, pero Hosokawa no mandó volverlo a sumergir.

—¿Y bien? ¿Tienes la cabeza más despejada para poder hablar? Bien. ¿Cuál era tu propósito? ¡Habla!

Su tono de voz no era ni alto ni amenazante. No fue necesario alterar su voz para hacer que el preso hablara, la tortura cumplió con creces su función.

—Agh, ahh... —se lamentó el preso, intentando coger aire con la boca para refrigerarse—. Hace ya un año, me mandaron... infiltrarme e ir informando, ¡nada más...!

Tenía serias dificultades para hablar, pero a Hosokawa no pareció importarle en absoluto. Parecía tener toda la paciencia del mundo en ese momento.


—Bien, bien. ¿Ves como no costaba tanto? Otra pregunta: ¿qué sabes acerca de la maldición del heredero del señor Tadano?
—¡N-no lo sé, de verdad! ¡Le juro que...! —la frase quedó cortada cuando su cabeza se sumergió de nuevo. Su cuerpo se convulsionó más fuerte que antes y todos los presentes se empezaban a preguntar hasta qué punto aguantaría la resistencia física de aquel agente de Ishizaki. Cuando volvió a tener la cabeza fuero del agua después de unos largos segundos, su cara apareció hinchada como un globo y repleta de ampollas. Ya casi no tenía fuerzas ni para gritar.
—Venga, vamos —le animó Hosokawa—, cuanto antes empieces, antes acabará todo esto.

Con un hilo de voz y visiblemente desprovisto de cualquier voluntad para resistirse, dijo:

—Por lo que me informaron, cuando el señor Ishizaki no encontró al cadáver del bebé... Mandó al hechicero In'yu lanzar la maldición... A cambio, el hechicero pidió que le fueran entregadas las tierras del monte Fuji y el área del bosque a su alrededor. Luego, el hechicero se marchó de Numazu y nadie lo ha vuelto a ver desde entonces.

Si Hosokawa estaba sorprendido por esta información, no dejó que se plasmara en su rostro.

—Lo estás haciendo muy bien. Una última pregunta y habremos acabado. ¿Hay algún otro infiltrado?
—N-no lo sé...
—Bueno, por si acaso... —hizo un gesto al carcelero y este lo sumergió una vez más. Cuando lo alzaron de nuevo, su cara, ya prácticamente irreconocible, había adquirido un tono que iba del granate al violeta. Su cuerpo no se balanceaba y el reo no emitía sonido alguno. El carcelero le llamó la atención propinándole unos golpes en el pecho pero tampoco hubo respuesta. Temiéndose lo peor, Hosokawa mandó llamar al médico de la fortaleza y tras una rápida inspección certificó que el ninja había muerto. Sin embargo, añadió un dato sorprendente: el prisionero no había muerto por ahogamiento ni a causa de las quemaduras, sino por envenenamiento.

—¿¡Cómo?! —gritó airado Hosokawa mientras se ponía en pie—. ¿Cómo es posible? Yamauchi, ¿qué significa esto?
—¡Le pido humildes disculpas, mi señor, pero no sé qué es lo que ha pasado! —contestó el carcelero sin saber qué decir ni cómo reaccionar—. El caldero es de la cocina, señor. Mandé que lo trajeran de allí.
—¡Traed al responsable de cocina inmediatamente! —ordenó Hosokawa.

Se llevó a cabo un interrogatorio exhaustivo del que no se sacó nada en claro. No parecía que aquel sirviente hubiera podido hacer algo así, pero eso demostraba que sí había por lo menos otro infiltrado. Finalmente, se le cambió de obligación y se puso a otro en su lugar. También se investigó en secreto durante días a la sirvienta de la esposa de Okura, que se ocupaba de cuidar a Kozō. Okura también mandó seguir en secreto al carcelero y estudiar todos sus movimientos. Tras pasar un tiempo no se encontraron pruebas fehacientes, por lo que la consecuencia final de la muerte del ninja fue incrementar el nivel de desconfianza entre los samuráis de la fortaleza, los cuales sabían que entre ellos se podía esconder el enemigo.

***

Un par de días más tarde, Kawazu partió de las estancias de invitados en la fortaleza de Shimada. Tal como le dijo a Okura, quería dar un paseo por los alrededores. Una vez entre las casas de los campesinos, localizó un viejo cementerio y aguardó allí hasta la llegada de la noche.

Ilustración de RodrixAP

Si alguien lo hubiera seguido sin revelar su presencia, habría podido ver cómo el joven samurái taciturno se arrodillaba entre las lápidas y musitaba una súplica. Poco después, habría notado cómo el aire se enfriaba aún más a su alrededor y los grillos dejaban de cantar. Las nubes ocultaron la luna y las sombras a su alrededor empezaron a moverse formando una espiral. Al poco, el rostro cadavérico de una mujer de larga melena negra se materalizó frente a Kawazu, que se mantenía impasible ante la aparición sobrenatural.

—Mi ama —declaró el samurái—, sabéis que mi alma os pertenece y en esta noche oscura solicito humildemente vuestra ayuda. Vos que habitáis en las sombras del mundo de los muertos, ¿tal vez podáis decirme cuál es la naturaleza de los kami que rodean a mi joven señor y cómo podría ahuyentarlos?
—Kawazu... —respondió la grotesca aparición con voz cavernosa—. Tu joven señor está condenado, igual que tú, pero él por fuerzas que incluyen el odio y la venganza, además de la muerte, y que acarrearán la agonía de sus súbditos. Ten por seguro que, aunque supiera cómo ahuyentar a esos kami que lo acechan, nunca te revelaría cómo hacerlo, pues la maldición sirve a los propósitos de mi señora Izanami.
—Sí, mi ama —respondió Kawazu con la vista dirigida al suelo.

***

Mientras los primeros copos de nieve caían sobre los campos, los cuatro samuráis se reunieron en la habitación de Okura para decidir sus próximos pasos. Pronto resolvieron que, tanto si el ejército ishizaki cancelaba su ofensiva como si no, necesitaban urgentemente buscar aliados en las provincias vecinas. Así, Okura pidió permiso a Hosokawa para iniciar tratos con el señor Imagawa, que controlaba la provincia de Tōtōmi, situada al oeste. Se enviaron misivas y, al cabo de unas semanas, se concertó una entrevista entre uno de los vasallos de Imagawa y Kuroki Okura. Usando sus dotes diplomáticas, Okura logró causar una buena impresión. Aunque no logró sacar nada de aquella primera reunión, el samurái se alegró de haber empezado con buen pie las negociaciones.

Mientras tanto, el pequeño Kozō se recuperó de su enfermedad por sí solo y todos respiraron algo más tranquilos. Sin embargo, Togama confirmó para el pesar de todos, que las presencias malignas seguían rodeándole desde el mundo invisible. El abad del cercano monasterio de Nando-ji acudió en persona a examinar al niño, pero tampoco supo cómo afrontar la situación. Entonces Kawazu propuso enviar mensajeros a todas partes, incluso a otras provincias, y extender la noticia a los mercaderes de que se ofrecía una buena recompensa a aquel que fuera capaz de eliminar la maldición. Todos estuvieron de acuerdo, incluido Hosokawa. Pronto, la noticia de la maldición del joven señor se extendió por toda la provincia.

El invierno dejó paso poco a poco a la primavera en medio de una gran expectación por saber qué conflictos traería el deshielo. Sin embargo, lo único que trajo la estación de las flores fueron noticias de la mano de Hosokawa. El hermanastro de Tadano reunió a los cuatro samuráis y les reveló que sus informantes en Numazu le habían hecho llegar nuevas sobre los Ishizaki. La incursión había surtido efecto. El propio señor Arai había sufrido gravísimas quemaduras durante el incendio, su hermano menor había muerto y ahora era su inexperto hijo quien gobernaba el clan. Además, a causa de la misión, la desconfianza natural del señor Ishizaki había alcanzado cotas nunca antes vistas y había empezado a sospechar de sus propios vasallos. Había ordenado castigar duramente a los soldados del castillo y a la familia Arai por sus errores, lo que se tradujo en ejecuciones sumarias provocadas por la más mínima sospecha y duras multas. Por si fuera poco, al haber perdido todo el grano de las cosechas, se había quedado sin provisiones para pasar el invierno, por lo que había tenido que desplazar tropas a otras provincias y transportar provisiones desde el centro de sus dominios al este. El último de los efectos era el más importante: la invasión había sido interrumpida.

***

Y hasta aquí el décimo tercer capítulo. ¿Qué te ha parecido? ¿Será esta una paz duradera? ¿Lograrán los cuatro samuráis eliminar la maldición que pesa sobre su señor? No te pierdas el próximo capítulo de la campaña Samuráis de Suruga: la reconquista de Shizuoka. Y muy pronto: las notas del máster de estos dos últimos episodios, donde revelaré las tiradas de dados que se hicieron en la partida de rol, además de cómo me habría gustado a mí que hubiera salido todo ¡y los errores que cometí como director de juego, claro! :-)
 
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