martes, 19 de agosto de 2014

Cómo llegué a conocer los juegos de rol

6 comentarios
 
¡Bienvenidos al Runeblog! Como esta la primera entrada y aún no nos conocemos, voy a presentarme empezando por el principio:

Cómo llegué a conocer los juegos de rol

Los mundos de fantasía empezaron a atraerme desde niño, con los juguetes. Recuerdo que los Airgam Boys que más me gustaban eran los de astronautas montados en dinosaurios. Luego vinieron los Masters del Universo, con el bueno de He-Man y sus compañeros, y su archienemigo Skeletor y sus secuaces. Recuerdo que con cada muñeco se incluía un minitebeo que relataba las aventuras del personaje. Eran historias que te inspiraban a recrearlas con los muñecos o a inventarte las tuyas. Algo parecido al trasfondo de los juegos de rol, vamos. Pero no adelantemos acontecimientos. Yo alucinaba con esos juguetes. Incluso llegué a dibujar nuevos personajes en un folio y describir sus capacidades.


Luego vinieron los libros de la serie «Elige tu propia aventura». Cuando iba a EGB, estos libros interactivos se pusieron tan de moda que, cuando un compañero de clase te invitaba a su fiesta de cumpleaños en su casa, era muy habitual regalarle uno de estos libros. Eran una apuesta segura. Todo el mundo tenía por lo menos uno. Además, al tratar sobre temas atractivos y muy variados, creo que contribuyeron a que muchos niños se interesaran por la lectura.


Al principio había dos colecciones de este tipo de libros rojos: unos más infantiles y otros para niños algo más mayores. Luego apareció una nueva colección que molaba mucho más: los libros de «Dungeons & Dragons - Aventura sin fin», de reborde negro. Estos aprovechaban el tirón de la serie de dibujos animados Dragones y Mazmorras, pero su color negro heavy y sus listas de monstruos y bichos raros al final los diferenciaban mucho de los primeros libros interactivos. Comparados con los primeros, estos eran «como pasar al siguiente nivel», eran para mayores. Recuerdo perfectamente el primero que leí de esta serie: Las columnas de Pentegarn. Trataba de un chaval que tenía amigos fantásticos: un árbol y un búho parlantes. Y la ilustración de la portada era sensacional, ya que retrataba un dragón esqueleto luchando contra un guerrero y otros personajes del libro.

Al mismo tiempo que la gente de mi edad leía estos libros, también jugaba a juegos de tablero, y en esa época, los mejores eran los de CEFA. Un día jugué con algún conocido o familiar a un juego de esta compañía: En busca del Imperio Cobra. Era un juego muy simple, en el que la ficha que movías por el tablero representaba a un aventurero que recorría tierras repletas de peligros para llegar hasta el templo de los hombres cobra y conseguir un gran tesoro.


Con todo este trasfondo de libros y juguetes relacionados con la fantasía, es normal que, al ver el fabuloso anuncio del juego de tablero HeroQuest de MB por la tele, suplicara a mis progenitores que me lo regalaran para mi cumpleaños. Tuve suerte, y así fue. Aún recuerdo ver esa gran caja en mi habitación, con una sonrisa de oreja a oreja. La tapa estaba decorada con una ilustración espectacular de varios héroes luchando contra monstruos. Antes incluso de abrirla, sopesé la caja con las manos y… ¡cómo pesaba! Era por el montonazo de miniaturas de plástico que incluía: esqueletos, orcos, goblins, guerreros del Caos, fimires, zombis, momias, la terrible gárgola y los cuatro héroes de color rojo: el bárbaro, el enano, el «troll» y el mago.


Claramente, HeroQuest fue la pista de despegue perfecta para llegar a descubrir los juegos de rol. De hecho, y aunque yo entonces aún no lo sabía, este juego ya era de por sí un híbrido entre juego de tablero y juego de rol. Y así, cuando se terminaron los retos del libro de retos, tuve que crear nuevos retos para mis amigos. Recuerdo que para facilitar el diseño de nuevas mazmorras, copié cuidadosamente un mapa vacío del tablero bien grande en una libreta con cuadrícula, repasé las paredes con un «tinta fina» e hice fotocopias para poderlas rellenar con retos salidos de mi imaginación. Las tardes de verano con mis amigos pasaban volando jugando a HeroQuest. Tanto me gustaba, que mis padres me limitaron a jugar, mejor dicho, a dirigir, una partida al día. Después, teníamos que ir al parque a jugar a fútbol o cualquier otra cosa (!).

Por aquel entonces, mi padre tenía un amigo de la mili cuya extraña afición consistía en montar y pintar miniaturas de soldados y tanques de la Segunda Guerra Mundial. Para mi eterno regocijo, mi progenitor le pidió si podía hacerme el favor de pintarme las miniaturas del HeroQuest, y accedió encantado. 

Más tarde, descubrí que ese amigo, además, era aficionado a leer novelas de fantasía. Al ver que me gustaba leer y que disfrutaba tanto con todos esos monstruos fantásticos del juego de tablero, un día me prestó un libro que se llamaba La leyenda de Huma. Aquel libro ya era harina de otro costal. Aquello era serio. Mucho más serio que los libros interactivos de la serie «Dungeons & Dragons». Pero, curiosamente, se lo devolví sin habérmelo terminado, porque la lectura se me hacía demasiado pesada. Por aquel entonces, me pareció «demasiado para mayores».

Pero hete aquí que me recomendó leer otro libro que tal vez me gustaría más: El hobbit. Esta novela, escrita por Tolkien originalmente para sus hijos, sí que la devoré de principio a fin. Tenía de todo: enanos, trasgos, arañas gigantes, elfos, un dragón, un tesoro inmenso, mucha épica y, cómo no, una gran batalla final. Además, el mapa desplegable era muy evocador.


¿Y qué hay de las películas? Pues, como no podía ser de otra manera, recuerdo haber visto en el cine El Retorno del Jedi de muy pequeño, La historia interminable algo después y Willow cuando tenía diez años. Por poner algunos ejemplos.

Así que, con todo esto, ya estaba más que preparado. Ya tenía un currículum infantil bueno en el mundo de la fantasía. Solo faltaba que alguien me enseñara lo que era un juego de rol para que la chispa prendiera como una mecha en una habitación llena de pólvora y engancharme sin remedio.

El primer encuentro llegó durante un verano. En aquellos tiempos, mis padres podían permitirse alquilar un apartamento en un pueblo de la costa y allí me hice amigo de un niño de mi edad que vivía a dos puertas de distancia. Un día, este vecino me contó que había quedado con otros vecinos amigos suyos para jugar a «un juego de rol». «¿Y qué es eso?», le pregunté con gran curiosidad. «Bueno, es como el HeroQuest, pero sin tablero», respondió. Lógicamente, me quedé de piedra. ¿Sin tablero? ¿Cómo se podía jugar al HeroQuest sin tablero? ¿Qué quería decir eso? «Sí», continuó él, como si nada. «Hoy tenemos que decidir cómo nos repartimos el tesoro». Se marchó y mi curiosidad se multiplicó por diez mil. Además de querer saber cómo se podía jugar a un juego de mesa sin tablero, resulta que tenían que hablar sobre cómo repartirse un tesoro y, por si fuera poco, al parecer todo aquello se parecía de algún modo al HeroQuest.

Al día siguiente debí insistirle sobre ese tema, porque accedió a dirigirme una partida a ese juego tan extraño. Trajo un libro grande pero no muy grueso y de tapa dura. El juego de rol se llamaba RuneQuest. Me dio una hoja de personaje vacía y empezamos a rellenarla con datos y números. Luego me enseñó un montón de dados de muchas caras y me enseñó cómo se usaban para generar tiradas y saber si mi personaje había tenido éxito en sus acciones. Entonces, me contó que mi personaje, que ya no recuerdo cómo se llamaba, acababa de llegar a un pueblecito llamado Latón Verde. Como estaba cansado por el viaje, estaba descansando y cenando en una posada. Allí, un tipo gordo y afable se me acercó y me dijo que parecía un aventurero, un tipo valiente capaz de enfrentarse a grandes peligros. «Eem, sí claro», respondí, y entonces me propuso ayudar a los habitantes del pueblo con un problema que tenían. Resultaba que cada año uno de los suyos hacía un viaje peligroso hasta una cueva donde se hallaba el árbol de plata, para recoger un fruto mágico que necesitaban para tener buenas cosechas. Sin embargo, ese año la persona a la que habían enviado aún no había regresado y, temiéndose lo peor, estaban buscando a alguien muy valiente que pudiera tener éxito en la misión. «Vale, iré yo», debí responder, porque el tipo entonces me enseñó un mapa para indicarme el camino a seguir.


Resumiré diciendo que, a pesar de emprender la aventura solo, mi personaje logró volver al pueblo con el fruto mágico, después de haber sorteado una serie de peligros con algo de astucia y mucha suerte. Y la recompensa, además de unas cuantas hojas del árbol de plata, fue un tesoro que no se cuenta en oro ni en monedas:

La afición por los juegos de rol.

Ay, qué potito me ha quedado. Bueno, a pesar de esta cursilada final, espero que os haya gustado este relato nostálgico, basado en hechos reales. Estoy seguro de que si sois jugadores o jugadoras de rol, vuestros inicios habrán sido muy parecidos a los míos. Sobre todo si crecisteis durante los años ochenta. Y, en fin, si queréis que os cuente algún detalle más sobre algo de lo mencionado, solo tenéis que pedírmelo en un comentario. Puede que escriba una entrada sobre ello. :-)

6 comentarios:

  1. Yo también era muy fan de los libros Elige tu propia aventura de pequeña :D

    ResponderEliminar
  2. No me extraña Isabel, fue una serie de libros muy popular, estaban por todas partes y eran divertidos. Supongo que fue una moda.

    ResponderEliminar
  3. Bienvenido al mundillo del blogueo. Tu historia sobre tu inicio con los juegos de rol es muy, muy parecida a la mía, aunque yo añadiría muchos más librojuegos :D. Mi primer juego de rol fue "El Señor de los Anillos", pero "RuneQuest" fue el segundo, y este se convirtió pronto en mi preferido.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Y estoy seguro de que no somos los únicos en tener un historial parecido. Supongo que es lo que tiene haber crecido en los años ochenta. Es curioso que tu primer juego de rol no sea tu preferido... Aunque por otra parte... ¡el RuneQuest es mucho RuneQuest! :-D

      Eliminar
    2. Pues ya va otro que tiene un historial muy similar. Desde niño con las historias del Rey Arturo y Merlín, o la peli del Dragón del Lago de Fuego, hasta los librojuegos, el Imperio Cobra y luego ya el D&D Caja Roja de Dalmau Carles Pla... Eso si, el HeroQuest ya lo pillé como rolero empedernido, y lo usé para viciar a mi hermano pequeño y sus amiguetes jejej

      Eliminar
    3. Je, cuán maquiavélico fuiste, Jordi. Y luego se engancharon a los juegos de rol tu hermano y sus amigos, ¿no?

      Eliminar

 
© 2012. Design by Main-Blogger - Blogger Template and Blogging Stuff