lunes, 28 de octubre de 2019

Las vidas de Sedenya - III

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Esta es la tercera parte del relato sobre la historia y los mitos del nacimiento o la creación de Sedenya, la Diosa Roja, creadora del imperio lunar de Glorantha. En los capítulos anteriores se relata el ritual de las Siete Madres y el renacimiento de Teelo Estara. Pero agárrate fuerte porque en este capítulo leerás los secretos del viaje de Teelo Estara al Otro Lado, al plano de los dioses, con el fin de alcanzar la condición divina. Acércate y siéntate cerca de la sacerdotisa, presta mucha atención a su relato y te será revelado el camino que siguió la diosa.

Otras partes: Parte I - Parte II - Parte IV


Las vidas de Sedenya, parte III, por Greg Stafford:


El otro lado


Teelo Estara entró por primera vez en el Otro Mundo en el Lugar del Caer.

Desconocía el método para convertirse en una deidad independiente. Otros se habían convertido en héroes, pero nadie había intentado resucitar su conjunto completo de vidas pasadas. No sabía qué hacer, y sabía que ya lo había intentado antes y había fracasado. Pero aun así lo intentó una vez más.

Sus Madres reunieron junto a ella a todos sus demás seguidores en el lugar sagrado y erigieron una gran tienda para protegerlos a todos de los elementos. Dentro de la tienda levantaron un santuario y en el interior del santuario llevaron a cabo los ritos para abrir un portal al Otro Lado. Tal y como Teelo Estara les había instruido, emplearon plegarias y sacrificios, hechizos y veneraciones, espíritus y visiones. En el centro del círculo apareció el portal y en el portal un extraño ser al que solo Jakaleel conocía. Teelo Estara se acercó a él y luego entró en él.

La criatura que se alzaba frente a ella era totalmente distinta a todo lo que había visto hasta entonces, pero le resultaba extrañamente familiar. Era algo que Jakaleel, la vieja bruja que había sido la valiosa y protectora madrina de la diosa, había rescatado del olvido eterno. Se trataba de una selene, una criatura desconocida en el mundo. Era la primera vez que Teelo Estara veía una. Llegados a esa etapa, ya había desarrollado su sorb lo suficiente para poder discernir qué tipo de ser sobrenatural se alzaba ante ella. Gracias a todos los ataques que había sufrido, había aprendido a hacerlo rápidamente. Y usando su sorb escudriñó de cerca aquel ser, y comprendió claramente que no era deidad, espíritu ni esencia.

«Soy tu futuro», respondió cuando ella le preguntó. «Al final, o te devoraré y chuparé el tuétano de tus huesos y pulverizaré lo que quede de ellos, o seré tres sombras para ti, cada una de una fuente de luz diferente. Pero, por ahora, debes seguirme o seguir adelante por tu cuenta».

Ella la siguió. Desde aquella primera ocasión, otros han probado las alternativas. Algunos se quedaron donde estaban, y sus huesos ahora son un polvo que usan algunos magos. Otros han seguido su propio camino, y de la mayoría nunca se ha vuelto a saber más, aunque de algunos se sabe que existen en estados insufribles del ser.

«¿Has caído alguna vez?», le preguntó aquel ser desconocido. Por supuesto, Teelo Estara sabía que la respuesta era sí y así le respondió. «¿Y alguna vez has deseado poderlo cambiar?», preguntó el ser a continuación. De nuevo, Teelo Estara contestó: «sí, pero...» y antes de poder terminar, el suelo desapareció bajo sus pies y se precipitó hacia el vacío por un espacio abierto, mientras el viento de su caída silbaba en sus oídos con la fuerza de una galerna.

Ilustración de Keiko Yamato

Pese a que se había hecho fuerte y audaz, al principio palideció de terror. Sin embargo, recuperó la compostura y eso le dio el tiempo suficiente para mirar a su alrededor. Se dio cuenta de que se encontraba entre otras criaturas, algunas como ella y otras distintas, como si fueran una lluvia de gente cayendo hacia el vacío para regarlo con sus restos aterrorizados.

«No estoy desvalida», pensó, y entonces gritó a todos los que estaban a su alrededor: «¡No estáis desvalidos!». Le pareció que la mayoría hacía caso omiso de su grito o lo consideraban otra fuente más de terror. Fuera como fuera, no se quedó a esperar la reacción que provocaba, sino que extendió sus brazos en forma de alas y planeó hasta el ser que caía más cerca de ella. Era una niña pequeña, muy parecida a la que ella había sido. La acunó entre sus brazos y se alejó a toda velocidad, esquivando los seres que caían en picado como había esquivado las rocas que los hombres pájaro de Danadix habían lanzado contra su ejército.

Una montaña entró en su campo de visión y descendió sobre ella. Se percató entonces de que volvía a estar sola. O tal vez fuera aquella niña quien aterrizó y se sorprendió de verse sola sobre la montaña.

Se puso en camino con determinación, sin tener ni agua, ni comida, ni ropa, ni tan siquiera idea alguna de a dónde ir. Pese a todo, ir a alguna parte era mejor que quedarse donde estaba, así que se puso en camino. Entre rocas que la observaban, a través de plantas y hierbas que se apartaban a su paso, y bajo un brillo abrasador sin origen ni piedad, ella siguió adelante. Atravesó una vasta y abrupta llanura de obsidiana negra que ondeaba formando olas congeladas y cuya superficie le provocaba profundos cortes en los pies, de modo que iba dejando un rastro de huellas rojas tras de sí, húmedas y brillantes, que llenaban los diminutos orificios de la piedra.

Al principio, el Gran Hombre se hizo visible como una colina que le ofrecía sombra. Ella, que había quedado abrasada de arriba abajo por el sol sobre su piel desnuda, fue en busca de su sombra y refugio. Cuando ya casi había llegado, este se movió y se volvió para verla. Una cabeza como la cima de una colina se inclinó para contemplarla desde lo alto. Unos ojos azules se fijaron en ella y de su garganta emergió un grave retumbo que expresaba curiosidad sin palabras.

Ella recordaba esa escena. Era como si ya la hubiera practicado con anterioridad. Como si hubiera memorizado las frases de una representación cuyo clímax y desenlace ya conocía. Este encuentro iba a ser amistoso al principio, luego vendría la curiosidad y culminaría con una feroz cópula que ella recordaba como un espectáculo terrorífico y vergonzoso.

Entonces escuchó el graznido de un pájaro, una criatura roja pequeñísima con cresta y ojos negros llenos de sabiduría. Se situó al límite de su campo de visión y comprendió que se trataba de una señal de huida. Era el Pájaro de la Seguridad, y si decidía seguirlo, podría escapar de allí y tratar de forjar un nuevo comienzo totalmente distinto de su vida y de todas sus vidas pasadas. Podía evitar aquel espectáculo de comportamiento inepto, aquella vergüenza de experiencias desconocidas. Y durante un instante, pensó en hacer precisamente eso.

Pero en vez de eso, se adentró en una antigua historia, en un dibujo cuyas líneas, arrugas y colores ya conocía. Era, pese a todos sus conocimientos, el dibujo de una niña hecho con pintarrajeos en vez de líneas claras, con colores equivocados aplicados torpemente fuera de los límites de la perfección. Pero como ella lo conocía, y quería intentarlo, fue diferente. En esa ocasión, el encuentro fue alegre, reconfortante y placentero.

Y así fue cómo ella llegó al reino más antiguo, a la era a principios de la Edad Dorada, cuando ella no era más que una niña, y cambió su mundo. Permaneció con la entidad conocida como el Gran Tipo, y vivió con él en una cueva. Había vivido allí antes, hacía eones, y tanto en su vida original como en la nueva, dio a luz a Homura, su dulce gema. En su primera vida, había acabado por huir de aquella cueva, pero esta vez, echó al Gran Tipo de ella por sus infidelidades. Esta vez, cuando él le lanzó una maldición, ella no le hizo ni caso. Pensaba que su efecto habría terminado junto con su amor mutuo, pero ella no iba a comprender su naturaleza hasta tiempo después, cuando la maldición volvió a manifestarse.

Se quedó allí incluso después de que Homura, su dulce gema, abandonara el lugar. Algunos de sus otros hijos y sus familias construyeron un pueblo. Ella les enseñó a hacer un altar y en él sacrificaron gallos rojos y cerdos negros, y ofrendaron las placentas de sus partos.

Teelo Estara, que aquí se llamaba Teelo Verithurusa, preparó entonces una gran ceremonia mediante la cual podría penetrar en el Otro Mundo. Había calculado que debía conectar con otro mundo inmortal en ese preciso lugar. Era complicado, pues desconocía casi todos los rezos y casi todos los gestos, así como el estado mental necesario para asegurarse el éxito. Aun así, logró entrar en el Otro Mundo, pero entonces se hizo evidente el carácter de la maldición del Gran Tipo, ya que, en lugar de establecer una conexión, fue expulsada de nuevo, y no como ella misma, sino como una recién nacida. Era su propia descendiente. Al nacer, no lloró, sino que abrió los ojos y le habló a su madre y a su abuela.

La llamaron Lesilla, o esta vez, Teelo Lesilla. Creció y se hizo poderosa entre ellas. En lo alto se alzaba su antiguo yo, su otro yo: un cuerpo divino como un planeta que se había vuelto azul al ser devuelta bruscamente a una forma mortal. Al final acabó por aprender a viajar de nuevo hasta ese cuerpo celestial y a designarlo como su propio yo. Tanto ella como su pueblo iban y venían a su antojo de ese mundo idílico. Pero ella necesitaba más.

Su tribu partió de aquella cueva, igual que muchos otros habían hecho en el pasado. Viajaron de uno al otro confín del mundo, anotando las maravillas que encontraban y aprendiendo todo lo que podían de él. Tras cierto tiempo, se toparon con los Hijos del Trueno, otra tribu. Al principio hubo conflicto, pero al cabo de un tiempo permanecieron unidos y formaron un nuevo pueblo. Construyeron una aldea que se convirtió en una ciudad y fueron conocidos como los mernitanos.

Teelo Lesilla hizo todo lo que pudo para prepararse para su viaje al Otro Mundo. Creó escuelas e instruyó a gente sabia y poderosa. Forjó una alianza con el emperador, para contar también con su ayuda. Por desgracia, eso supuso su fracaso. Cuando llevó a cabo su gran rito de la transformación en el Otro Mundo, el emperador la traicionó, y cuando logró abrirse paso hasta el Más Allá, no hicieron nada para ayudarla a regresar. Tuvo que luchar arduamente y al final logró regresar, pero por el camino perdió una gran parte de sí misma. En vez de establecer una conexión viviente con el Otro Mundo, dejó tras ella una parte de sí misma, muerta. El planeta que flotaba sobre todos ellos se desplomó contra el suelo.

Lesilla había sido poderosa. Su esposo era un emperador y su hijo también. Pero ninguno de los dos la quería, pues estaban carcomidos por la envidia en un mundo que poco a poco se iba dejando llevar cad vez más por aquellas emociones tan nimias. Fue arrojada entre la gente corriente y perdió toda esperanza de llegar a recuperar algún día su divinidad perdida.

Durante un tiempo se rebeló. Colaboró con el pueblo de Hagu y les enseñó a expulsar a sus propios dioses fracasados. Así lo hicieron, pero nada de eso la ayudó realmente.

Intentó rendirse. Fue hasta el emperador en lo alto de la colina, llamó a las puertas de su vasta cúpula y se rindió ante él. La pusieron a trabajar de las formas más rebajantes y terribles que pudieron, y ella trabajó sin queja alguna. No obstante, aquello tampoco le sirvió para nada. Cuando llegó el momento de echar las culpas, la tomaron como chivo expiatorio y la ofrecieron a los demonios del mal. La empalaron en una gran estaca puntiaguda y los demonios acudieron y la devoraron lentamente.

Fue devorada, pero se regeneró. Toda ella se volvió puro sufrimiento, pero intocable. Se volvió la causa de todos los problemas y a la vez en su víctima. Era todas las cosas y nada a la vez. Se dio cuenta de que le habían arrancado una a una todas sus almas y las habían arrojado a los vientos del cambio y del tiempo. Al final, se quedó solo con su último jirón de dignidad y de ser. Recordó el pasado, sus pasados, sus experiencias, su conocimiento y todo lo que alguna vez había sido. Y nada de eso servía para aquella situación.

Fue entonces cuando se percató de su angustia y se detuvo. Se sentó sin mover ni un músculo y se quedó sin hacer nada, salvo ser lo que era y estar donde estaba. Fue entonces cuando se le acercó el mayor monstruo de todos y la amenazó. Hoy en día, el imperio lo conoce como Blaskarth, aunque otros lo han llamado Wakboth, Kajabor, Invendith, Sekeveragata o, simplemente, Muerte Cósmica. Aniquilación total. Pérdida del ser. La acosó, poco a poco, para sacarle toda su agonía y todo su miedo. Tenía miedo. Y luego tuvo tantísimo miedo que el miedo mismo ya no podía existir en su interior y se consumió hasta desaparecer. Así pues, fue valiente. Pero tuvo tantísima valentía que esta también terminó por consumirse. Así, lloró hasta que ya no pudo llorar más, y entonces se rió en su cara. Rió y rió hasta que ya no pudo reír más, y así lo mismo con todas y cada una de las posibles emociones y pensamientos hasta que al final quedó vacía de todo pensamiento y sentimiento, totalmente en calma. Blaskarth se cernió sobre ella, la sombra de la no existencia, y ni con conocimiento ni desconocimiento, ella le ofreció su garganta y su vientre. El monstruo atacó y hundió huecos colmillos de hierro hasta los confines más profundos de su alma.

Ella murió. Todo murió. Todas las cosas. Ella no pudo existir.

Ella no fue ella. Fue. No ella. No. Ella.

Ilustración de Hiroki

«Blaskarth se cernió sobre ella y ella le ofreció su garganta y su vientre. El monstruo atacó y hundió huecos colmillos de hierro hasta los confines más profundos de su alma».


Entonces vio lo que no había visto. Una cueva vacía. Una ciudad en ruinas. Un paisaje desolado. Una vida sin sentido. Aquellos y aun otros eran los lugares donde había tratado de entrar en el Otro Mundo y establecer su presencia. Luego reflexionó, sin emoción, cómo podría llegar a regresar.

Fue entonces cuando Yanafal Tarnils la encontró, una carcasa hueca, una cáscara vacía, un ser sin sentido.

Llegados a este punto debemos hablar brevemente de este hombre tan valiente, el más audaz de toda la tierra.

Yanafal Tarnils había nacido tras un buen parto y estaba provisto de gran fuerza e inteligencia. No le daba miedo matar ni tampoco dar su vida por una buena causa ni tenía miedo de la vida. También había aprendido a tener coraje y, tal vez lo más importante de todo, a ser discreto y a ser precavido cuando era clave.

Este gran hombre de armas nunca vaciló en su lealtad a la diosa que había ayudado a despertar. Nunca desobedeció, incluso cuando fue apartado de la batalla en Memkorth. Aun así, igual que todos los santos de su vida, podía dudar, pues eso siempre formó parte de las enseñanzas de la diosa. Así pues, cuando ella se marchó para emprender su gran búsqueda divina y lo dejó a cargo de su ejército, él se situó en todo momento al frente o en la retaguardia de sus tropas, según fuera necesario, con tal de defender el santuario.

Nunca habría abandonado su puesto, de no ser porque la llamada de la duda lo martirizaba desde el más allá. Hacía años que ella se había marchado, cuando todo el mundo esperaba que fueran a ser como mucho solo semanas. En la Tienda de la Vida, sus seguidores se sentían desanimados y muchos ya habían perdido la esperanza habían abandonado la ceremonia. Los enemigos se habían hecho más fuertes y más atrevidos, y ya habían empezado a movilizarse para dirigirse en contra de los seguidores de aquella diosa en ciernes.

Por todo eso, dejó al mando a Paktalus y entró en la búsqueda a través de otros mundos siguiendo aquella llamada. Pese a desobedecerla, siguió siendo fiel a sus obligaciones. Deambuló a través de acontecimientos conocidos y desconocidos de la Guerra de los Dioses y todo lo que osó oponérsele terminó muerto o prisionero. Finalmente, tuvo que enfrentarse al fantasma de la Muerte, una Muerte vacía capaz de devorarle el alma como un murciélago devora a una mosca. Era la Muerte muerta, que a sus ojos se apareció como una avispa gigantesca, la encarnación carmaniana de lo que fuera que yacía tras la muerte. Se trataba de la diosa Ak, la que había dado luz a la primera Espada, al blandidor de esa espada y a la primera Muerte. Tarnils luchó contra ella, primero sin éxito. Pero entonces dejó de luchar durante un mero instante y aquella terrible criatura le hincó los colmillos en la cadera. Entonces, con fría pasividad nacida de una inabastable práctica y experiencia, el guerrero le cortó la cabeza. Yanafal Tarnils prosiguió su camino como buenamente pudo, con aquella cabeza todavía clavada en el cuerpo que iba goteando ícor ardiente al andar. De ahí que, desde aquel día, el Sendero de la Muerte esté tan bien marcado y sea tan conocido, y conduzca ahora hasta el lugar que encontró: los Campos de los Desperdicios, donde halló el cadáver hecho jirones de su diosa devorado por avispas y gusanos, y por los fantasmas vacíos de las águilas del sometimiento que él había matado hacía mucho tiempo. Estaba empalada en una estaca como una marioneta y le pareció que estaba sufriendo más allá de toda comprensión.

«Es por tu culpa», dijo una voz, y cuando el miedo de aquella certeza penetró en su corazón, aquel fue el momento de su mayor duda, aunque también el de mayor confianza en sí mismo. Y así, atrapado en aquella dicotomía de seguridad y miedo, vio a Taraltara, el ser imposible que no podía ser visto.

Yanafal Tarnils, por Yasuhide Yano

«Tú eres la causa, Taraltara», dijo Yanafal Tarnils a la Grandiosa. Empezó a calcular cómo podría luchar contra ella, pero entonces sintió la cabeza de Ak royéndole la cadera.

«No yo, sino ella», respondió Taraltara. Y fue entonces cuando Teelo Estara comprendió que su atormentador no era Blaskarth, sino Taraltara, el Gran Misterio que subyace a todo, tanto al cosmos como al Caos.

Y desde la horripilante estaca en la que estaba empalada, Teelo Estara, o el fantasma de su espíritu, habló así:

«Buen compañero, leal hombre», dijo Teelo Estara. «Me alegro de verte». Aquellas palabras animaron a Yanafal Tarnils a hacer caso omiso de La Inconmensurable, la Imposible, y volverse a concentrar en la misión que tenía entre manos.

«Buen hombre, necesito tu decisión», añadió Teelo Estara. «El mundo te necesita a ti y a tus habilidades. Ya llevas meses ausente. Allí de donde vienes, veo a mi gente siendo asesinada, hecha prisionera, y sus almas y espíritus enjaulados como aves. Puedes volver. Te necesitan». Antes de partir en busca de Teelo Estara, Yanafal Tarnils había oído su única, distante y lastimera llamada de socorro. Ahora podía oír claramente los lamentos de los heridos, los alaridos de los muertos y los gritos de los que estaban en el santuario a punto de ser aniquilados por sus enemigos.

Entonces Teelo Estara le hizo tomar una decisión. Le recordó el sinfín de leales seguidores que estaban esperando su regreso: «Tus hombres y mujeres», le dijo la diosa «¡puedes salvarlos!».

«Esos también son vuestros seguidores», contestó él. «Os aguardan. Y ¿debo recordaros que me habéis enseñado que el mayor sacrificio es el del ego?» le preguntó, y se puso en pie. «Ya he tomado mi decisión», añadió. Desenvainó la espada y la miró. «Es a vos a quien amo», dijo, y con un rápido movimiento dirigió la espada hacia sí y se atravesó con ella el corazón. Se derrumbó. Solo entonces la horripilante cabeza de la avispa se separó de su cadera y cayó también al suelo, carcajeándose.

«Una vida a cambio de la tuya», dijo la Grandiosa. «Vives». Y Teelo Estara cayó de la estaca, una pequeña ascua de vida, libre ya de agonía. Taraltara la obligó entonces a tomar una decisión.

«Vives. No estás sola. Estás viva, y puedes regresar a tu vida junto uno de ellos». Y se le ofreció la posibilidad de volver a la vida con alguien más. «¿Ves? Aquí hay dos seres que han dado la vida por ti. Son los que más se la merecen, ya que dieron su vida sin saber». Y ante Teelo Estara aparecieron dos: Teelo Norri la niña, y Danfive Xaron el criminal.

«Han dado sus vidas por ti, y como recompensa por todo tu esfuerzo, ahora puedes llevarte a uno de ellos de vuelta». Al observarlos, vio que Danfive Xaron, el archicriminal, estaba lleno de miedo, mientras que Teelo Norri, la niña inocente, estaba llena de aceptación.

«Bueno, resulta evidente que estos dos son iguales, pues aunque uno en vida fue horrible y un terror, mientras que el otro fue inocente y amable, los dos son seres vivos de igual valor. En el mundo de los humanos son distintos, pero a lo largo de la multitud de vidas que han vivido ¿son tan diferentes? Aquí, en las vacías llanuras de la nada, veo que son iguales». Entonces Teelo Estara señaló el cadáver ensangrentado de Yanafal Tarnils.

«¿Y él también?», preguntó Teelo Estara. «¿Podría volver con él?».

«Ah, sí, claro. Se quitó él mismo la vida, pero lo hizo por ti», contestó Taraltara. «Así que, si quisieras, también podría ser él. Pero, ¿preferirías al repartidor de muerte antes que a ella, tu gema?» y con un gesto Taraltara señaló a Homura, la primera hija de Teelo Estara quien había transformado su egoísmo en conciencia por el mundo. Había sido Homura quien había encendido la llama de la diosa, y quien la había convertido además en la Madre de la Bondad.

«En ese caso, veo que tengo muchas más opciones», dijo Teelo Estara. «Veo que puedo llevarme conmigo a todo el que haya dado su vida por mí, o a las partes de mí que se han ofrecido para que yo pudiera estar aquí ahora. ¿Cierto? ¿Podría elegirlos a ellos?». Vio los rostros de sus amantes muertos y hasta los de aquellas almas que estaban luchando desesperadamente en ese momento en la Tienda de la Vida, sin Yanafal Tarnils para liderarlos, que en el mundo llevaba muerto solo un instante, y ahora se unían a la multitud.

En ese momento, Danfive Xaron se sintió incómodo, pues se dio cuenta de que había tal vez cientos de miles de personas que podían llegar a ser escogidas para tal honor. Y, lógicamente, Danfive Xaron deseaba que fuera su vida la elegida para volver. No había disfrutado mucho del tiempo pasado en un infierno de sufrimiento.

«Sí», respondió la Gran Diosa. «Elige a cualquiera».

«Entonces», dijo Teelo Estara, «te elijo a Ti». No fue necesario más diálogo. La certeza de su afirmación era evidente. En aquel lugar, no era posible ningún otro truco ni opción ni posibilidad.

Taraltara sonrió entonces, y su sonrisa fue la de Teelo Estara. Cada una se miró a sí misma. Allí no había dos, ni una. Tampoco había cero, sino algo distinto.

Y allí, en torno a Teelo Estara, se alzó una tienda de sobrenatural belleza. Estaba hecha de seda celestial que Homura había sido la primera en hilar.

«Vivo», dijeron seis seres al unísono en ese momento. Tres se alzaron junto a Teelo Estara, en las llanuras que ya no eran de la nada. Teelo Norri, Danfive Xaron y Yanafal Tarnils estaban con ella. Y en otro mundo, donde la vida y la muerte estaban separadas, las palabras las pronunciaron Deezola, una reina que un momento antes acababa de ser atravesada por una espada y dos lanzas, así como un erudito muy malherido, armado tan solo con una daga y un escudo, y una gran y poderosa chamán cuyas defensas habían sido hechas añicos por hechizos devoradores de espíritus.

«Todos somos todos nosotros» dijeron los seis y alguien más, que en ese instante fueron conscientes de que formaban parte de la Gran Sedenya.

Las Siete Madres, ilustración de Kalin Kadiev


«Por todos los infiernos», maldijo un gran mago en ese momento aunque estaba en el extremo opuesto del campo de batalla, y acto seguido trastabilló y se desplomó inconsciente contra el suelo mientras un reguero de sangre se derramaba por su boca, nariz, oídos y ojos. Su señor, el hijo de un sha, palideció al verlo.

«Levantadlo», ordenó el hijo del sha. «Y seguidme. Paje, tráenos los caballos». Y alrededor de aquel comandante, también sus lugartenientes, mensajeros y sirvientes tuvieron miedo de repente, y todos corrieron a por sus propios caballos.

Por otro lado, al partir, la diosa había dejado tras de sí a un contingente de adoradores, todos ellos entregados, leales y dispuestos a rezar incluso rodeados de miedo y terror. Llebavan dos años orando y trabajando, prosiguiendo sin cesar una tarea que todos habían supuesto que iba a llevar solo dos semanas. No se habían movido de allí, y solo se habían apartado del lugar para dormir o asearse, pero por lo general habían dormido y comido allí mismo. Ni el invierno les había desanimado, aunque las hogueras dentro de la tienda nunca les habían dado calor suficiente. A pesar de todo, habían perseverado, ya que al principio habían pensado que lo peor que podía pasarles era que tuvieran que permanecer allí unas semanas más. Más tarde pensaron que lo peor que iban a tener que soportar sería el frío del primer invierno. Y más tarde se fueron sucediendo días innumerables y el segundo invierno pasó a ser lo peor que iban a tener que soportar. Pero posteriormente descubrieron que, de hecho, lo peor que iba a pasarles era que el ejército carmaniano iba a lanzarse contra ellos tras hacer grandes cortes en la tela y prepararse para entrar a la carga.

En el momento del «todos somos todos nosotros», los leones de Carmania ya estaban entre ellos, blandiendo sus armas a diestra y siniestra en aquella tienda sagrada donde los devotos rezaban por el regreso de su diosa. Ay, mantengamos siempre vivo el recuerdo de aquellas pobres almas bondadosas que estaban siendo despedazadas en ese preciso instante, concentradas en rezar incluso aunque ya no tenían salvación posible. Estaban arrodilladas, o tumbadas por el suelo, muertas y sangrando en torno a la Tienda Sagrada central de la que esperaban ver salir a su diosa. Pero en vez de eso, de la tienda salió un hombre, armado y acorazado, que era su comandante. Su espada centelleó y con cada golpe un enemigo caía muerto o herido. Obviamente, se trataba de Yanafal Tarnils.

Luego salió otro, desnudo, de mirada furiosa y desesperado, pero aún más feroz debido a ello. Se abalanzó con las manos desnudas contra aquellos heridos que podrían haberse levantado de nuevo pese a sus heridas, y obviamente ese era Danfive Xaron, que los ahogaba, les partía el cuello y les sacaba los ojos, y aun le mordió la garganta a uno que se atrevió a alzarse de entre los muertos para volver a luchar.

Llegó una tercera persona que no combatió, que no luchó, sino que alzó su propia voz en una plegaria de súplica y misericordia para auxiliar a sus queridos camaradas y ayudantes que observaban. Esa era Teelo Norri.

Aquel asalto logró expulsar de la tienda sagrada a la Guardia de los Leones. Pero no hay que dudar del coraje y el entrenamiento de aquellos soldados enemigos, pues se reagruparon al oír las duras órdenes de su líder superviviente y se prepararon para abalanzarse contra Yanafal Tarnils y revertir su derrota. Pero no lo hicieron.

Les distrajo un gemido aullante procedente de las alturas. Ese aullido atrajo las miradas de todos los presentes, desde el más humilde zapador que había sido reclutado a la fuerza hasta el hijo del sha, que en ese momento ya estaba a lomos de su gran purasangre, atizándole para huir del campo de batalla. Incluso el hechicero Mahedres Barbarroja, que estaba inconsciente y atado sobre otro caballo, dirigió la mirada al cielo con ojos sangrantes.

El regreso triunfal de la diosa en la Primera Batalla del Caos, ilustración de Duck Nicholson

Allí estaba. La diosa. Teelo Imara, tal como sería conocida a partir de entonces, radiante y del tamaño de una montaña, de pie sobre el lomo de un murciélago carmesí que profería chillidos terribles. Ese murciélago era la muerte y más que la muerte, la Muerte de los Dioses. Era del color de la sangre fresca, húmeda y pegajosa, y la sangre goteaba de él en forma de zarcillos vivientes. Sus mil ojos miraban a todas partes y cada uno de ellos vio lo que buscaba, y lo que buscaban era mirar a los ojos de quienquiera que quisiera causar daño a su amazona. Los ojos del hijo del sha se cruzaron con ellos, y los ojos de Mahedres Barbarroja se abrieron y quedaron atónitos, y la mirada de la Guardia de los Leones también se dirigió hacia arriba, a una visión que era imposible de contemplar para ellos. Y cada uno de ellos (¡mil enemigos!) sintió como la cordura se les escapaba por los ojos, arrastrada hacia aquella visión imposible, y la mitad de ellos cayeron muertos en el acto. El resto aulló al explotarles los ojos y huyeron, aterrorizados y enloquecidos, incapaces de ver a donde iban. Sus mentes convertidas en meras cáscaras vacías, sin ser conscientes de sí mismos ni de los demás, todos ellos desprovistos de propósito. Entonces, los ojos del murciélago que ya se habían alimentado de las almas de los que ahora yacían muertos se volvieron y miraron a otros enemigos, que se volvieron locos o murieron. Todo enemigo de la diosa intentó no mirar, pero se vieron obligados a ver lo que no querían ver, y así la muerte y la locura se apoderaron también de ellos.

¿Y qué ocurrió con aquellos que la amaban? También habían mirado, pero solo vieron a su diosa radiante, volando a lomos de un colibrí, con la mano extendida otorgando bendiciones y curación. Los adoradores muertos en la tienda la vieron con sus ojos muertos y se incorporaron, curados, y se unieron al canto de alabanza y amor que Teelo Norri estaba entonando. De aquel dosel surgió una música maravillosa y los hombres y mujeres que un instante antes habían estado luchando se vieron colmados de alegría. Alzaron sus armas y cantaron también, y observaron cómo el ejército que un momento antes los había estado arrollando ahora arrojaba las armas y huía, si es que no caía muerto.

Y así, ella regresó. El murciélago prosiguió, emitiendo chillidos y aullidos que sumían a los enemigos en simas cada vez más profundas de locura. Ella desmontó grácilmente, descendió flotando hacia sus seguidores y se posó allí donde se alzaba su tienda. A la luz de su radiante presencia, se sanaron las heridas de los muertos y los heridos. De los bolsillos de Mahedres y de las jaulas de sus esbirros fueron liberadas las almas colibrí y los espíritus mariposa, que se posaron en los cadáveres como si estuvieran alimentándose de flores. El néctar de la vida fluyó y los muertos se alzaron de nuevo, vivos.

Sedenya contempló el campo y todos la vieron. Entonces Teelo Estara se alzó allí un momento y todos la reconocieron. Luego fue más, y por eso apartir de entonces todo el mundo la llamó Teelo Imara.



¿Qué te ha parecido este relato? ¿Has descifrado ya el mensaje secreto? Si lo has descifrado, no lo reveles a nadie... Solo los iniciados deben tener acceso a los misterios de la diosa. ;-D Por otro lado, ¿no te parece muy fuerte que Yanafal Tarnils derrotara al dios de la muerte (seguramente Humakt)? ¿Quién crees que es Taraltara? ¿No te parece que hay un paralelismo misterioso entre el hecho de que la diosa roja que fue devorada por el Diablo y el hecho de que Arachne Solara devorara el Diablo al término del mito de Los Portadores de la Luz?

En fin, espero que te haya gustado la traducción y no te pierdas la continuación. En el cuarto y último capítulo, Greg Stafford nos relata el resto del camino de Teelo Imara, de cómo una vez alcanzada la condición divina, tuvo que enfrentarse al resto de dioses antiguos para ser aceptada y hacerse un lugar en el cosmos.

viernes, 11 de octubre de 2019

Gu-Klu, el bárbaro semiorco: un personaje de D&D 5

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En esta entrada presento otro de los personajes protagonistas de la aventura que jugamos con Dungeons & Dragons quinta edición: La mina perdida de Phandelver. En este caso, Gu-Klu, el bárbaro semiorco. Una máquina de picar carne... pero de buen corazón. A continuación puedes ver su hoja de personaje y su trasfondo.

Esta ilustración de Li Zehao es como me imagino yo a Gu-Klu, solo que Gu-Klu es más feo.


Bárbaro y semiorco


Si quieres un personaje capaz de aguantar mucho y dar mucha caña en combate, esta es una combinación ganadora. Y el jugador que interpreta a Gu-Klu quería justo eso. Quería un personaje muy distinto de todos los anteriores. En la campaña anterior, Samuráis de Suruga había interpretado a un sacerdote sintoísta, el pacífico Togama (aunque se defendía muy bien en combate). Total, que decidió hacerse el personaje opuesto. Escogió la especie más fuerte, la clase más bestia, una hacha bien grande, se puso todo en fuerza y constitución, y se puso las peores tiradas en inteligencia y sabiduría. En palabras de este amigo mío: «Llevar a alguien "tonto" está siendo más divertido de lo que pensaba. Hay muchas oportunidades para reír». Y es verdad. Pero para que no sea tan aburrido para él, lo que hacemos es que él participa en la planificación como el que más, aportando ideas y, cuando se le ocurre una de las buenas, imaginamos que eso se le ha ocurrido a otro o que eso es lo que uno de los otros personajes le ha dicho a Gu-Klu que haga. Ahora, cuando hay combate ahí lo dejamos solo y que se lo pase bien, porque con sus furias de +2 al daño y su hachote de 1D12+4 se lo ventila todo.

Reflexiones profundas del semiorco

Por otro lado, la clase del «bárbaro» tiene su origen en Conan de Robert E. Howard y eso se refleja en el hecho de las ventajas que obtiene al luchar sin armadura. Pero... ¿de dónde sale el semiorco? ¿Hay alguna novela famosa donde aparezcan esta mezcla de razas? Pues sí, están los semiorcos de El Señor de los Anillos, mezcla de dunlendinos y orcos. Y ya que estamos, ¿por qué hay semiorcos y semielfos, pero no hay semienanos ni semimedianos? También podría haber «semis» sin genética humana: hijos de madre elfa y padre orco, o hijos de padre enano y madre tiefling. Bueno, esta última combinación no sé, pero tras buscar un poco resulta que sí, que los semienanos han sido una raza jugable de los Reinos Olvidados y también están los muls de Dark Sun. Y también existen hijos de enanos y elfos, los «dwelves» o como se llamen en español. Pero mejor lo dejamos aquí, que me lío. Aquí está la hoja de personaje de Gu-Klu cuando alcanzó el nivel 3 y luego su historia de trasfondo.

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La trágica historia de Gu-Klu


Gu-Klu nació en el seno de la tribu orca Tripas Desgarradas. Ambos progenitores eran semiorcos. Desde muy joven estaba claro que no encajaba entre los suyos, aunque era muy fuerte y podía llegar a ser temible si alguien despertaba su furia, le faltaba el instinto asesino y saqueador de los de su tribu, para desesperación de sus padres, a los que les costó mucho ser aceptados como miembros de pleno derecho (por ser semiorcos). A pesar de todo, Gu-Klu era útil. Estaba dispuesto a ayudar a cualquiera y se dejaba llevar por todos aquellos a los que consideraba sus amigos, que era cualquiera que quisiera utilizarlo y se aprovechara de él, ya fuera como cebo en una cacería peligrosa o estando en primera fila en las peleas contra otras tribus.

Su vida hubiera transcurrido sin enormes cambios de no ser por un encuentro casual. Un día, estando sólo de caza, se encontró con el cuerpo inconsciente de un druida semielfo. Cualquier otro miembro de su tribu lo hubiera rematado y se hubiera quedado sus pertenencias, pero Gu-Klu era diferente. Cuidó sus heridas como pudo y le salvó la vida, dándole tiempo para despertar y sanarse con su propia magia. Quizás por ser también de sangre mezclada y poder ver más allá de su aspecto, quizás por su gran sabiduría, Kevéndithas el Druida vio cómo era el corazón de Gu-Klu y lo invitó a su cabaña. En seguida se hicieron amigos y Gu-Klu pasó a visitarlo con frecuencia.

Kevéndithas era un ermitaño seguidor de Mielikki, diosa de los bosques. De él aprendió a tratar con los animales y tener respeto por la naturaleza, además de historias sobre un mundo mucho mayor del que conocía, más allá de las montañas. Un día, yendo a visitar a Kevéndithas, oteó humo sobre su cabaña. Al acercarse vio cómo varios miembros de su propia tribu habían hecho estallar en llamas su cabaña y estaban atacando al druida, que intentaba defenderse sin mucho éxito. Gu-Klu cargó con toda su furia sin pensárselo y acabó con los atacantes, pero llegó demasiado tarde para salvar la vida de su amigo. Después de algo así no podía volver a su hogar, así que sin pensárselo dos veces partió hacia las ciudades humanas con la intención de hacerse mercenario y alejarse de su tribu.

Aspecto: Gu-Klu no es lo que podría llamarse agraciado. Sus colmillos son desiguales y sus ojos denotan ingenuidad, dos rasgos que hacen que sea poco atractivo tanto para humanos como para orcos.

Religión: Gu-Klu sigue la religión de Mielikki, de forma muy laxa. No deja de tener sangre orca entre sus venas por lo que a veces siente la llamada de Gruumsh en sus sueños, al que ve como un ojo distante. Gu-Klu nunca entiende los sueños, así que puede decirse que su propia cortedad le ayuda a resistir su llamada.

Rasgos de Personalidad: Extrovertido. Ayuda a casi cualquiera que le pida ayuda si está solo, se deja llevar por sus compañeros si no lo está.

Defectos: Enormemente ingenuo y fácil de engañar. Apátrida exiliado.

Ideales: Gu-Klu es alguien muy sencillo, sin grandes ideales, contento con ayudar a aquellos a los que considera sus amigos sin darle más vueltas a las cosas.


Y eso es todo. Espero que te haya gustado este personaje de D&D y que lo uses en tus partidas si te apetece. ¿Te parece un personaje divertido de jugar? ¿Has jugado alguna vez con un personaje parecido de D&D? :-)
 
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