sábado, 9 de enero de 2021

Samuráis de Suruga (XVI): aguas calientes y sus encrucijadas

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En el episodio anterior, los protagonistas de Samuráis de Suruga conocieron a Shinobu, una dama samurái de singular belleza al servicio de su señor, y también a Onoue Harunobu, el heredero de la provincia de Shinano, situada al norte de Suruga. Es con el líder de esta provincia con quien Hosokawa, el daimio regente de la región, ha acordado enviar un emisario en una semana para tratar de forjar una alianza. Entre poesía y cerezos, los personajes empezaron a entrever ciertos movimientos y en este nuevo capítulo todo empieza a complicarse. Sin más, dejo que el cronista nos cuente lo que sucedió.

The return of Jiba, David Benzal


Okura informó al resto de lo que había acontecido antes de la cena. Los otros dos Kuroki y Kawazu expresaron la misma preocupación que Okura y estuvieron de acuerdo que la última palabra la debía tener Hosokawa para evitar problemas. Además, no tenían la potestad de negarse a la petición de Shinobu. Para no desconcentrar a su señor durante las conversaciones que sin duda alguna se mantendrían durante la cena, decidieron esperar a más tarde para abordarle con el problema. A la hora del banquete, Hosokawa hizo una demostración ostentosa de su riqueza para impresionar al joven Onoue. Había hecho preparar la sala más grande de la fortaleza para acoger a la comitiva, aunque había lugar para muchas más personas. También se esmeró en que la comida fuera de la más alta calidad y, nada más empezar, todo el mundo ya disfrutaba del banquete. Sin embargo, los Kuroki esperaron unos instantes, observando la reacción de los demás presentes antes de hincar el diente por si la comida tuviera alguna «sorpresa». No fue así. Al ver que no corrían peligro, se dejaron llevar por el ambiente festivo.

Esperaron hasta que el sake fluyó libremente por las mesas y acordaron que, para no levantar sospechas, Okura le pediría al señor Hosokawa hablar a solas un momento. Este aceptó a regañadientes pero, una vez apartados, recobró la sobriedad en seguida cuando Okura le comentó el plan de Shinobu de acudir a las aguas termales de un pueblo de montaña cercano (ver final del capítulo anterior).

—Os doy mi consentimiento para acompañarla. Pero extremad las precauciones. Si los Ishizaki se enteran podrían tenderos una trampa o atentar contra la vida de Shinobu. Id con mucho cuidado e informadme de todo lo que pase a vuestra vuelta.
—Por supuesto, mi señor —le aseguró Okura.

A la mañana siguiente, la comitiva de Onoue Harunobu, hijo del daimio de la provincia del norte, se despidió de Hosokawa y partió de regreso a su hogar. Los cuatro samuráis acudieron a la despedida junto al resto de samuráis de confianza, aunque haciendo acopio de todas las fuerzas posibles para resistir a la leve resaca de la noche anterior.

Dos días después, Kawazu, los tres Kuroki y un sirviente de cada uno, pusieron rumbo al hostal de las montañas del norte, cerca del pueblo de Komatsu, acompañando a la dama Shinobu y sus sirvientas, Nao y Kaori, que viajaban en dos palanquines portados por criados. El pueblo de las aguas termales estaba a solo un día de camino, así que esperaban llegar al anochecer. Nada más partir, los cuatro samuráis ordenaron a uno de sus criados que se adelantara hacia el pueblo y a dos más que se apostaran en el desvío del camino que conducía a la provincia de Shinano siguiendo hacia el norte. Sus instrucciones eran vigilar la encrucijada por si Harunobu pasaba también por allí. De confirmarse esa sospecha, significaría que este iba a reunirse con Shinobu en las aguas termales. Avanzaron buena parte del día y, cuando el sol estaba en su cénit, decidieron hacer una pausa para comer a la sombra de unos pinos. Kawazu compartió entonces una información que hacía rato que llevaba guardando.

—Nos están siguiendo. Un jinete solo, de lejos.
—¿Estás seguro? —preguntó Okura.
—Segurísimo.
—Mierda. ¿Qué hacemos? —inquirió Kyosuke.
—Dejadme a mí —respondió Kawazu—. Vosotros seguid hacia el pueblo, os alcanzaré luego.

Sin esperar respuesta, Kawazu hizo dar media vuelta a su caballo y se alejó a pleno galope hacia el sur, por donde habían venido, para dar caza al desconocido. De repente, el misterioso jinete que los seguía a lo lejos dio media vuelta también y empezó a alejarse al galope, y Kawazu se lanzó en su persecución dejando de lado cualquier otra posible consideración, centrándose únicamente en acostar la distancia que los separaba hasta perder la noción del tiempo. Su presa estaba logrando mantener la distancia, y la rabia de Kawazu no hacía sino ir en aumento. El desconocido echó la vista atrás un instante y, acto seguido, viró de súbito para internarse en un prado junto al camino y luego en una arboleda.


Kawazu espoleó a su caballo con fiereza y se internó en el campo abierto y luego entre la vegetación obligando a su caballo a saltar arbustos y agachando la cabeza para esquivar las ramas bajas de los pinos. A pesar de ello, el desconocido mantenía la distancia y se alejaba cada vez más, de forma que Kawazu empezaba a perderlo de vista. Estiró el brazo hacia la funda de su arco y mientras lo asía se sujetó con fuerza al caballo usando solo las piernas, colocó una flecha en el arco a pleno galope, lo tensó, se irguió rápidamente, apuntó un brevísimo instante a la pequeña mota de color que se alejaba a mucha distancia por delante suyo entre la vegetación y dejó escapar la flecha, que silbó por el aire proyectada a gran velocidad en dirección al jinete y... El samurái exclamó un grito de júbilo al ver que su presa caía del caballo con la flecha clavada en la pantorrilla y rodaba violentamente por el suelo levantando una nube de polvo. Aliviado, Kawazu se acercó ya sin problemas para interrogar al misterioso jinete.

*  *  *

Al principio, los Kuroki aguardaron unos instantes para ver si Kawazu volvía pronto, pero cuando lo perdieron de vista decidieron reanudar la marcha hacia el norte para no inquietar más a la dama Shinobu. A media tarde llegaron a la bifurcación. El camino principal seguía hacia el norte hasta la cordillera de montañas tras la cual se extendía la provincia de Shinano. Un camino secundario partía hacia el oeste entre las colinas en dirección al pueblo de Komatsu, donde estaban las aguas termales. Se detuvieron en el desvío y esperaron unos instantes a que salieran de sus escondites los sirvientes que habían enviado justo antes de salir de la fortaleza de Hosokawa. Sin embargo, no apareció nadie.

—Esto es muy raro —comentó Okura—. ¡Eeehh…! ¡Ya podéis salir!

Nadie contestó. Los tres samuráis intercambiaron miradas y se dirigieron al margen del camino para buscar entre la maleza en busca de los criados. Sin embargo, alguien sus espaldas los interrumpió.

—¿Qué sucede? —dijo una voz femenina. Desde sus caballos, los samuráis vieron que Shinobu había abierto el ventanuco del palanquín y les miraba con preocupación. Mientras, los porteadores aprovechaban la pausa para secarse el sudor de la frente y estirar los brazos.

Okura se dirigió hacia el palanquín para tranquilizar a Shinobu.

—No deberíamos quedarnos aquí mucho tiempo —comentó por lo bajo a sus parientes mientras se alejaba—. Podría ser peligroso. 
—Espera —dijo Togama mientras Okura hablaba con Shinobu—. Trataré de hablar con el kami de esta encrucijada, a ver si nos puede decir qué ha pasado aquí. Espero que no me pida mucho a cambio de este pequeño favor…

Togama se concentró, las pupilas de sus ojos desaparecieron bajo sus párpados y Kyosuke comprendió que su primo estaba viendo el mundo invisible de los kami. Al cabo de unos segundos, el sacerdote volvió en sí.

—Ya sé qué ha pasado —dijo Togama al volver en sí—. El kami me ha revelado que ha habido una pelea y los sirvientes se han visto envueltos. No sabe o no me ha querido decir quién los atacó ni adónde fueron. No parecía estar mucho por la labor.
—Y que lo digas —susurró Kyosuke. Luego se reunieron con Okura y el resto de la comitiva en el centro del camino, y susurraron al oído de Okura lo que habían descubierto.
—En fin, ¿qué hacemos ahora? —les contestó Okura en voz baja. 
—Yo seguiría hasta al poblado —sugirió Kyosuke—. Puede que haya ishizakis por allí infiltrados, hayan visto a nuestros sirvientes, los hayan capturado y los hayan obligado a hablar.
—No, no creo —opinó Okura—. Nos habríamos topado con alguna patrulla o hubiéramos sabido de ellos antes.
—Señores Kuroki, si no es molestia, ¿por qué no continuamos? —se quejó Shinobu. 
—Mis disculpas, dama Shinobu. Sepa que esto lo hacemos por su seguridad. No podemos correr ningún riesgo —contestó Okura.
—Escuchad, yo me adelantaré hasta el pueblo, preguntaré si han visto a alguno de nuestros sirvientes y vosotros seguid adelante —saltó Kyosuke, harto de esperar también.
—Aguarda, no nos precipitemos —repuso Togama—. Eso solo nos debilitaría.

El debate se vio interrumpido de repente por el sonido de unos cascos de caballo acercándose desde el sur, seguido de un grito de saludo. Todos volvieron la cabeza hacia el origen del grito. Era Kawazu, que volvía a caballo tras la persecución.

—Por fin. ¿Qué ha pasado? —preguntó Okura sin esperar a que Kawazu diera explicaciones. Este, sin embargo, dirigió una mirada hacia el palanquín de Shinobu y luego a Okura.
—Sigamos adelante y os lo contaré luego —murmuró el samurái por lo bajo.

Reanudaron la marcha siguiendo el desvío que conducía al pueblo de Komatsu. y empezaron a ascender por el sendero montañoso. Sin embargo, los misterios se acumulaban en las mentes de los samuráis y los obligaban a mantener un silencio incómodo. Cada recodo del camino, cada arboleda espesa, cada saliente rocoso, parecía ocultar a un grupo de odiados enemigos. Y solo se permitían volver a respirar cuando la inminente emboscada demostraba ser solo imaginaria. Así avanzaron durante un largo trecho, aguzando el oído en silencio y con los nervios a flor de piel. Finalmente alcanzaron a ver el pueblo justo al anochecer. Dudaron mucho en cómo acercarse, hasta que finalmente, una voz conocida alivió sus preocupaciones.



—¡Ah, señores Kuroki, los estaba esperando! —dijo el sirviente que habían mandado adelantarse hasta el pueblo.
—Dinos todo lo que has visto y oído desde que has llegado —le ordenó Kawazu.
—Sí, señor. Cuando llegué me senté aquí y me puse a vigilar, tal y como me ordenaron. Hace una hora llegó un grupo de ronin a caballo. El señor Onoue no iba con ellos, pero uno de sus rostros me resultó familiar. Era uno de los guerreros de la comitiva que visitaron al señor Hosokawa hace unos días.

Los cuatro samuráis se dirigieron miradas de preocupación.

—Habrá que estar muy atentos —dijo Kawazu—. Demasiada coincidencia que justamente no aparezcan los sirvientes que enviamos por adelantado a la encrucijada y que haya por la zona un grupo de guerreros de Onoue fingiendo ser ronin. Apostaría algo a que ese fanfarrón de Harunobu anda cerca.
—Pienso lo mismo —manifestó Okura. Iba a añadir algo, más cuando oyeron que se descorría el ventanuco del palanquín.
—Señor Kuroki —llamó Shinobu desde el interior—. Ya hemos llegado a Komatsu, ¿verdad? ¿Seriais tan amable de acompañarme hasta el hostal?
—De acuerdo, de acuerdo —contestó Okura. «Quién me mandaría a mí aceptar su petición…», pensó para sus adentros.

La hospedería construida junto a las aguas termales se encontraba en las afueras del pueblo. Partieron hacia allí con los ojos bien abiertos, preparados para cualquier situación que pudiera producirse, siendo la más probable una emboscada desde los bosques al lado del camino. Sin embargo, no encontraron nada ni nadie en lo que quedaba de camino hasta el ryokan


El edificio era humilde en su construcción, pero estaba muy bien cuidado y parecía muy acogedor. Desde la entrada, y por encima de unas rústicas vallas de bambú, pudieron entrever las volutas de vapor de agua caliente que surgían de la parte trasera donde estaban los baños al aire libre. El hostal solo contaba con un puñado de habitaciones, pero solía recibir visitas de las familias samuráis vasallas de Hosokawa, por lo que contaba con aposentos reservados de cierto lujo. Cuando no acudían samuráis, subsistía a base de caminantes cansados en busca de un lugar donde descansar en medio de las montañas. Los criados condujeron los caballos a los pequeños establos junto al edificio y los cuatro samuráis acompañaron a Shinobu y sus dos damas de compañía al interior del hostal. 

Al recibirlos, el hostalero y sus hijas se postraron en el suelo. Luego les mostraron las cuatro habitaciones que habían reservado para ellos en el primer piso: una para Kyosuke y Okura, otra para Togama y Kawazu, otra para la dama Shinobu (que decidieron sería una situada entre las otras dos anteriores) y una última para sus damas de compañía. Poco después, el hostalero les sirvió la cena en las habitaciones. Sin embargo, Kyosuke decidió ponerse de guardia ante la puerta de la habitación de Shinobu. No le iba a quitar el ojo de encima durante todo el tiempo posible. A menos que... Kyosuke oyó cómo la puerta de deslizaba a su espalda y, al volverse, tuvo que dejar paso a la dama Shinobu.

—Os ruego que no os inquietéis —susurró sin apartar la vista del suelo antes de que Kyosuke pudiera preguntar a dónde iba—. Solo voy a darme un baño. Estoy cansada del viaje y sumergirme en las aguas termales me ayudará a conciliar mejor el sueño. 
—Si me permite, mi señora, le acompañaré hasta la entrada de los baños —repuso Kyosuke.
—Os agradezco que os toméis tantas molestias por alguien tan insignificante como yo, no creo que sea necesario importunaros de esta manera, pues seguro que también debéis estar fatigado tras esta jornada, y Nao puede venir conmigo.
—Mi deber como samurái me exige velar por vuestra seguridad en todo momento, mi señora —repuso Kyosuke en tono educado pero inamovible.

Shinobu asintió y el samurái tomó prestado un farolillo y la acompañó hasta la entrada de los vestuarios femeninos. Luego se quedó apostado de espaldas a la entrada. 

*  *  *

Un poco antes, durante la cena en la habitación, Okura y Togama le pidieron a Kawazu que les contara qué había descubierto durante la persecución del espía.

—He conseguido atraparlo e interrogarle —susurró Kawazu—. Pero no he podido sonsacarle mucha información. Cuando le he presionado, ha confesado que solo cumplía órdenes de alguien de la fortaleza de Hosokawa. El pobre chaval se habría metido en problemas si le hubiera obligado a revelar para quién nos estaba espiando, así que lo he dejado marchar tras asegurarme de que no nos seguiría.

Se quedaron pensativos unos instantes, hasta que recordaron a Kyosuke y, al deslizar la puerta de la habitación, no lo vieron en el pasillo. Alarmados, se pusieron en pie de inmediato y salieron. En el pasillo, se abrió la puerta de la habitación de las damas de compañía y Nao, una de las damas de compañía de Shinobu, les pidió algo nerviosa si podían ayudarla a encontrar un pasador de pelo que había extraviado. Sin tiempo para aquello, Kawazu y Okura bajaron por las escaleras mientras Togama accedía a ayudar a la chica.

En ese preciso momento, en la puerta de los baños, Kyosuke empezó a oír el chapoteo del agua procedente de las termas a sus espaldas. Aguzando el oído, le alarmó distinguir dos leves chapoteos distintos, y poco después, los suspiros de Shinobu al sumergirse en las cálidas aguas termales. Instantes más tarde, le pareció oír otros sonidos, como los de dos enamorados que intentaran pasar desapercibidos y a la vez entregarse a su pasión. Aquello puso a prueba la fortaleza mental que había estado entrenando desde bien joven. Se puso a enumerar cada uno de los preceptos del bushido mientras trataba de hacer caso omiso a los sonidos. Rápidamente alejó los pensamientos impuros de su cabeza y puso su plena concentración en su deber. 

Okura y Kawazu se reunieron con él ante la entrada de las aguas termales y Kyosuke les explicó en levísimos susurros la delicada situación. Sorprendidos y confundidos, los tres samuráis intentaron decidir qué debían hacer. Su honor de samurái les obligaba a defender a Shinobu de cualquier peligro, pero ese mismo honor les impedía entrar en los baños sin más. Y por lo que les había contado Kyosuke, la situación de Shinobu estaba lejos de poder considerarse un peligro real. Los tres se quedaron mirando el suelo, con el ceño fruncido, sufriendo incomodísimas dudas.


Momentos más tarde vieron al hostalero portando un farolillo. Se acercó a ellos con una profunda reverencia.

—Mis señores, me envía una de las damas de la señora Shinobu. Me ha pedido que le transmita su deseo de verles en privado en su habitación en el primer piso. —Kyosuke se quedó un segundo dubitativo y luego comprendió la intención real del mensaje. 
—Gracias, posadero. Dile de mi parte que no puedo abandonar mi puesto y dejar a su señora desprotegida. Si es algo importante, que se lo pida a mis compañeros.

Por otro lado, Okura y Kawazu vieron que allí ya no iban a hacer nada, así que atendieron a la petición de reunión, a la que también asistió Togama después de informarle sobre los hechos. Este sumó más incomodidad a la reunión al recordar por lo bajo que Shinobu estaba casada, aunque al parecer pasaba mucho tiempo en la corte de Hosokawa. La joven doncella, de nombre Kaori, pidió permiso para hablar con los samuráis y se sentó en el suelo con sumo decoro pero sin poder ocultar su nerviosismo.

—Señorías, disculpen que les moleste pero me preguntaba si… —permaneció unos segundos buscando las palabras adecuadas para seguir—. ¿Si podría contar con su silencio acerca de este idilio? —finalizó postrándose en el suelo con las manos juntas y la frente tocando el suelo. 
—Bueno, eso lo confirma, supongo —comentó Okura—. Así que Shinobu y Harunobu son amantes… Y me imagino que hemos venido a este ryokan porque habían acordado reunirse aquí en secreto, ¿verdad?

Kaori permaneció en silencio con la vista dirigida al suelo de madera lacada.

—Entiendo… —suspiró Okura mientras se presionaba el ceño con los dedos. Pasaron unos largos y tensos segundos antes de que Kaori obtuviera una respuesta—. Mira, lo que te diré es lo siguiente: no puedo decir nada que no haya visto. Es todo cuanto te puedo decir.

Kaori levantó brevemente la cabeza para asentir brevemente.

—Entendido. Se lo agradezco, señor Okura, en nombre de mi señora. ¿Señor Togama? —preguntó al sacerdote.
—Me sumo a lo que ha dicho mi primo —respondió.

Kaori volvió a hacer una reverencia y se dirigió entonces a Kawazu.

—Y usted, ¿señor…? —preguntó dubitativa. No conocía tan bien al melancólico cuarto integrante del grupo.
—Me llamo Kawazu. Y… tengo conflictos conmigo mismo acerca del silencio que busca —respondió mientras Kaori se volvía a postrar al suelo en postura suplicante. 

*  *  *

Al día siguiente, todos se prepararon para volver a la fortaleza de Hosokawa. Una vez fuera, mientras preparaban los caballos, Kawazu anunció que seguiría camino arriba para ver si finalmente sacaba algo en claro acerca del paradero de los sirvientes que habían enviado el dia anterior. Acordaron que ya los alcanzaría de regreso mientras los demás deshacían el camino andado. Kawazu se reunió con ellos un par de horas más tarde.

—He llegado hasta el siguiente pueblo —les explicó—, he preguntado a algunos campesinos, pero nada. No habían visto a nadie de los nuestros. O se los llevaron con ellos o, cuando los mataron, los pusieron bien adentro del bosque para que no los encontráramos.

Togama rezó en silencio para que las almas de los criados encontraran el camino al inframundo.

Regresaron a la fortaleza de Hosokawa y a la mañana siguiente le informaron de lo ocurrido evitando comentar el encuentro nocturno entre Shinobu y el heredero del clan Onoue. Hosokawa les agradeció su ayuda y les pidió que hicieran los preparativos para acompañar a Shinobu a la corte de los Onoue en la provincia del norte, donde iban a celebrarse las negociaciones. Los tres samuráis de la familia Kuroki estaban a punto de retirarse cuando oyeron a Kawazu pedir permiso para hablar. Su rostro expresaba una firme determinación. La misma que un general al contemplar el ejército enemigo antes de la inminente batalla.

—Mi señor —empezó Kawazu cuando Hosokawa le dio permiso para expresarse—, mi honor de samurái me impide pasar por alto la situación que se vivió la pasada noche cuando acompañamos a la dama Shinobu a las aguas termales de Komatsu. Tenemos graves sospechas de que el viaje fue un pretexto para reunirse allí con el heredero del clan Onoue.
—En ese caso le pido que olvide lo ocurrido —repuso Hosokawa sin darle importancia.
—Me pide un imposible, su señoría —contestó Kawazu—, pues su connivencia me parece un acto reprochable y denostable. 
—¿Qué insinúa exactamente, señor Arakaki? —preguntó Hosokawa furioso. Togama, Okura y Kyosuke no daban crédito a lo que estaba ocurriendo.
—Insinúo que su señoría usó a la dama Shinobu, una mujer casada, para sonsacar información del hijo de Onoue usando sus encantos y eso es indigno de alguien que se hace llamar samurái.
—¡Su osadía es intolerable! —estalló Hosokawa—. Su deber como samurái es cumplir las órdenes sin cuestionar y sus acusaciones son un insulto imperdonable. Apártese de mi vista para siempre, señor Arakaki. Si quiere defender el poco honor que le queda despues de esto, ya sabe qué tiene que hacer —sentenció.

El silencio que siguió a esas palabras cayó como una losa sobre la sala mientras Kawazu hacía su última reverencia a Hosokawa. Mientras sus compañeros lo contemplaban con los ojos abiertos como platos, les pareció que Kawazu ya había meditado muy bien todo lo que iba a ocurrir aquella mañana. Este se dirigió a ellos y les hizo también una profunda reverencia. Una reverencia que era, a la vez, una lacónica despedida.

Salieron de la sala mientras cuatro guerreros de Hosokawa escoltaban a Kawazu al exterior de la fortaleza. Togama, Okura y Kyosuke observaron cómo este se subía al caballo y partía en dirección a sus tierras. Conscientes de que nunca volverían a verlo, no pudieron sino alabar en silencio sus fuertes convicciones samuráis.

Esa misma noche, antes de rajarse el vientre, Kawazu escribió dos cartas secretas explicando todo lo que había ocurrido en el hostal de las aguas termales: una dirigida a la esposa de Hosokawa, que era quien había ordenado a un criado seguirles con discreción durante el viaje a Komatsu, y otra dirigida al esposo de Shinobu, un samurái veterano famoso por su mal genio, de nombre Muramasa, cuyas tierras se extendían en el extremo oeste de la provincia. Luego, ataviado con el traje ceremonial blanco, escribió su poema de despedida. En él, Kawazu declaró ofrecer su vida como sacrificio último a su terrible kami oscuro.



Y así termina el capítulo décimo sexto de Samuráis de Suruga. ¿Qué tal? ¿Te ha gustado el relato? ¿Qué te ha parecido el final? De haber sido jugador en esta campaña, ¿habría actuado tu personaje como hizo Kawazu? Tengo ganas de saber tu opinión. Y no te pierdas el próximo capítulo de la saga, en el que los tres Kuroki (y el jugador de Kawazu con un nuevo personaje) se dirigen a la provincia del norte junto a Shinobu y el emisario de Hosokawa para tratar de negociar una alianza.

14 comentarios:

  1. La verdad es que me dio pena separarme de Kawazu tan pronto. De hecho siempre pensé que moriría luchando, pero me lo pusiste tan a huevo, ¡que él mismo se encaminó de cabeza hacia el seppuku! No hubiera podido encontrar una muerte más idónea dado su trasfondo.

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    1. Sí, fue una pena, por mucho que se viera venir que no iba a durar mucho. Pero creo que fue una muerte mucho más impactante que si hubiera caído en combate. Me alegro de que decidieras hacerlo fiel a sus principios hasta las últimas consecuencias.

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  2. Buff, una partida de mucha tensión, no tanto por el tapar una infidelidad, sino porque intentábamos no crear un conflicto a Hosokawa.

    Por un lado el esposo de Shinobu, Muramasa, era uno de los más poderosos vasallos de Hosokawa ( y famoso como duelista y por su carácter iracundo), por otro lado, Onoue era un daimio vecino con el que intentábamos aliarnos...conseguir lidiar con ello nos dejaba un margen de maniobra muy pequeño. Finalmente creo que la decisión de "no puedo decir nada que no haya visto" fue la más acertada y solventó el problema

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    1. Se dejó entrever que no era una infidelidad por ser amantes, era una orden de Hosokawa que la usaba políticamente. Kawazu lo encontraba ruin e indigno, de ahí que intentara primero convencerlo de no usarla y luego de que lo apartara de la misión. Al negarse a ambas cosas, no le dejó más alternativa que suicidarse.

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    2. El personaje era del punto de vista que el fin no justifica los medios y que mejor morir con honor y fracasar que triunfar con deshonra. En tanto que lo sabíamos, ya no había posibilidad moral para él de mirar para otro lado. El samurái no se mide a través de los otros de terceros, se mide así mismo internamente. Rinde cuentas ante sí mismo y su conciencia. Diferente hubiera sido que se le hubiera ocultado al personaje que estaba ocurriendo, pero no fue así.

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    3. ¿Uh? No se dejó entrever eso en ningún momento, las reacciones de la dama no eran las de alguien que hubiera recibido órdenes. Más bien Hosokawa aprovechó la situación preexistente para tener buenas relaciones políticas.
      Eso fue lo que entendí yo en todo momento, vamos.

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    4. Que yo recuerde fue Hosokawa quien la envió como "diplomática" y fue él quien nos ordenó escoltar a una mujer casada para que se encontrara con su amante a un onsen, no fuimos ahí espontáneamente. Cuando hablé con él era perfectamente consciente de la situación, además creo que tuve una conversación con la mujer de Hosokawa sobre todo esto. Hace demasiado tiempo de la partida para acordarme de los detalles, pero a mi me olía a eso. En cualquier caso fuera por orden directa, o por aprovecharse de la situación y propiciarla más, viene a ser lo mismo. Mi personaje intentó desvincularse de todo aquello, pero no le dejaron.

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    5. Para aclarar un poco, cuando Hosokawa os pidió que protegierais a Shinobu, no os contó todos sus planes porque creyó que sería mejor para protegerla (¡lo que resultó ser un gran error al final!). En el relato del capítulo anterior incluí una escena que ocurrió entre bambalinas. Ahí puede verse que Shinobu seguía órdenes de Hosokawa de sonsacar información al hijo de Onoue de cara a preparar mejor las futuras negociaciones de alianza. Hosokawa quería saber si el hijo era de fiar, porque sospechaba... Bueno, ¡no digo más para no hacer spoiler de los dos próximos capítulos! 🤭

      El caso es que Shinobu era una persona sensible atrapada en un matrimonio triste. Y a base de fingir estar enamorada de Harunobu... acabó enamorándose de verdad. Digamos que Hosokawa no esperaba que ella "llegara tan lejos en el cumplimiento de su deber". Sea como sea, en el próximo capítulo se darán más detalles y la reacción de Kawazu, con la información de la que disponía, fue coherente con las creencias de su personaje. Aunque nos dejó a todos flipando ⛈⛈⛈

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    6. Entonces no entendí mal la situación. Menos mal ;)

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    7. Vale, es que en todo momento describías a Shinobu enamorada, no me cuadraba con esto.
      Por otra parte siempre me pareció que era meter moral cristiana de forma anacrónica a un entorno que no la tiene. No hay nada en el código de un samurai contra lo que hacía Hosokawa en mi opinión, pero no dije nada porque no es mi personaje y no decido yo ;)

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    8. El adulterio no tendría el mismo significado que en la tradición cristiana, pero no significa que fuera una cosa bien vista. Sin ir más lejos en la ley de 1742 estaba castigado con la pena de muerte: "The One Hundred Articles (1742), which sentenced adulterous commoners to death, cemented the bakufu's conception of marriage as a metaphor for government in which adultery symbolized treason."

      Que un líder de un clan usara este método para ganarse a un aliado, pues yo no lo veía. Es cierto que en el código del samurái no se habla de este tema, pero sí de la concepción de la familia y del respeto hacia la mujer.

      En realidad el problema ya no era solo ese, es que a mi personaje no se le dejó alternativa. Era o aceptar tomar parte o morir. No le dieron otras opciones.

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    9. Confieso que cuando dirigí esa partida no me había informado a fondo sobre el tema del adulterio en el Japón feudal, pero es un tema fascinante.

      Por ejemplo en este ensayo académico breve a partir de la página 6 se habla del adulterio en la era Muromachi que es donde se situó la campaña. Los hombres ricos podían tener concubinas y no pasaba nada porque eran esposas de segunda clase, en cambio las mujeres ni por asomo. Pero si hombres o mujeres tenían relaciones con personas casadas con otros, entonces sí era adulterio y estaba penado con la muerte. Si se descubría el adulterio de una mujer con otro hombre y el esposo estaba ausente de sus tierras en ese momento, ¡los habitantes del pueblo debían ocuparse de vengar el adulterio y matar al amante! 😆

      En todo caso, como digo, la misión de Shinobu era meramente flirtear y hacer creer a Harunobu que estaba enamorada de él (Harunobu no sabía que estaba casada). Sin embargo, el teatro se hizo realidad, las cosas pasaron a mayores, y... bueno, ya sabéis cómo acabó todo para ellos. Imaginaos también la cara que debió poner Muramasa cuando leyó la carta. 😰

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    10. Tenía claro que no estaba bien visto, pero no que llegaba a ese extremo. Siendo así no me sorprende que no aparezca citado en el Código del Samurái, ya que no se describen comportamientos extremos, que entiendo ya se asumen como incorrectos sin necesidad de hacer referencia a ellos.

      Usarla para que flirtee es casi equivalente a propiciar la situación y tentarla a cometer adulterio. Si tenemos en cuenta la concepción que se tenía de la mujer como un ser débil, la responsabilidad de todo lo ocurrido era de Hosokawa. ¿Ideaste tu la situación o venía ya así en el módulo?

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    11. Hosokawa confiaba en que Shinobu haría bien su trabajo, no en que acabaría enamorándose de Harunobu y manteniendo relaciones con él. 😞Era un plan desesperado, pero la situación de la región también lo era. La situación venía así en el módulo Shiki del que hablo en esta entrada (aunque no recuerdo las palabras exactas y tras la campaña le presté el módulo al cronista).

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