martes, 14 de febrero de 2017

Samuráis de Suruga VIII: Asesinato en la villa de Hitsuma

7 comentarios
 
He aquí una nueva crónica de la campaña Samuráis de Suruga que estamos jugando con las reglas de RuneQuest 6.ª edición. Esta vez, nuestro cronista de la casa nos cuenta qué ocurrió en los días posteriores a la llegada de los protagonistas a la fortaleza del señor Hosokawa (ver capítulo anterior). Una historia de misterio, acción, amor trágico y nuevos y peligrosos propósitos. ¡Ahí es nada!


Durante las dos jornadas siguientes, los tres samuráis y el señor Hosokawa acabaron de ultimar los preparativos para la estancia de los Kuroki en la fortaleza. El jovencísimo daimio Tadano pasaría al cuidado de la viuda de un samurái vasallo de Hosokawa para que lo criase en la fortaleza como si fuera su propio hijo. Con un poco de presión y artes oratorias, Okura consiguió que su esposa también quedara al cargo. El propio Hosokawa actuaría de regente hasta que el pequeño Kozō alcanzara la mayoría de edad. Y como los hatamoto del niño, Okura, Kyosuke y Togama recibieron habitaciones de invitados en la fortaleza. Se asearon gustosamente, y con cada cubo de agua caliente que se echaban por encima, sentían como el cansancio y los nervios desaparecían. Se cambiaron con ropas que les prestó Hosokawa y descansaron.

El primer día, todo el grupo se durmió prácticamente a los pocos segundos de acostarse debido al cansancio acumulado durante el viaje. Sin embargo, sus sueños no fueron para nada plácidos pues estuvieron llenos de pesadillas de cadáveres, sangre y gritos. Aún habiendo llegado a su destino y estando a salvo de cualquier peligro, sus mentes permanecían todavía en alerta y atormentadas por la trágica experiencia sufrida en la derrota de Numazu. ¿Qué habría sido de sus padres y hermanos? ¿Qué habría sido de todos sus amigos y seres queridos?

Durante la noche del segundo día se desató una fuerte tormenta acompañada de feroces truenos y brillantes relámpagos. El estruendo de los truenos era tal que parecía hacer temblar la tierra pero, lejos de cesar, los temblores se fueron haciendo cada vez más reales. Finalmente, toda la fortaleza empezó a vibrar y zarandearse. Los samuráis, sobresaltados por el movimiento, se levantaron preparados para hacer frente a cualquier adversidad que les acechara, aún con la sensación de estar en las montañas. Pero no había enemigo que combatir, solo el caos que reinaba en la fortaleza. En los pasillos, los sirvientes corrían de un lugar a otro. En una de las habitaciones contiguas se originó un pequeño fuego, probablemente a causa de una palmatoria caída. Yoshi tomó la iniciativa y fue a buscar agua para apagar las llamas. Haciendo esfuerzos para mantener el equilibrio, Kyosuke y Okura le siguieron y fueron a buscar mantas para ayudar al rōnin reformado. Entre los tres lograron apagar el fuego e impedir que se extendiera. Luego Togama se marchó a rezar con los sacerdotes del santuario cercano para apaciguar la ira de los kami. Sin embargo, Okura sospechaba que los kami no tenían nada que ver con aquello. Le ardían los brazos debido a un picor repentino, y sabía que eso solo significaba una cosa. Mientras todo se zarandeaba, salieron al patio central para resguardarse del terremoto y estar en un lugar seguro. Pero tan pronto como pusieron un pie en el suelo, una enorme grieta resquebrajó la tierra con gran violencia y estruendo. Segundos después, los temblores amainaron y hasta la furiosa tormenta rebajó su intensidad. Inmediatamente, Okura y Kyosuke se dirigieron a la habitación del bebé para comprobar su estado. Encontraron a su cuidadora aterrorizada en un rincón, abrazando al niño para protegerlo. Acto seguido, Kyosuke, como buen guerrero que era, fue a comprobar el estado de las murallas exteriores e interiores para evaluar los daños y se sintió aliviado al ver que, milagrosamente, no habían sufrido desperfectos. Cuando al fin amaneció, los trabajos para reparar los daños ya se habían puesto en marcha. Curiosamente, la grieta del patio parecía apuntar al torreón principal.


A medida que los recién llegados colaboraban en las laboriosas tareas como el resto de samuráis y ashigaru, no cesaron los cuchicheos y habladurías a sus espaldas. Cada vez que pasaba cerca de un grupo de samuráis los oía comentar, puesto que no hacían el más mínimo gesto de ocultar la conversación, que con que descaro se habían presentado ante Hosokawa.

—¿Qué se han creído? Ni que fueran los descendientes de Yoshitsune y Benkei...
—Pues yo he oído que según ellos, los temblores son obra de un terrible hechizo de los Ishizaki.
—Ja, ¿los Ishizaki? ¿Pero cómo van a lanzar un hechizo así de potente hasta aquí? Las cosas que se inventan para aparentar importancia...

Aquellos rumores se habían extendido a partir de las hipótesis que los tres Kuroki habían hecho justo después del terremoto. Estaban seguros que de algún modo, el enemigo sabía que habían llegado hasta la fortaleza y que los temblores de tierra habían sido una advertencia de que el asunto no iba a quedar ahí. Sin embargo, hicieron oídos sordos de las habladurías de los guerreros de Hosokawa, pues sabían que intentar convencerlos de la verdad era una batalla perdida. A media mañana, el señor de la fortaleza los convocó.

—Ha llegado a mis oídos que afirmáis que los temblores de esta noche han sido obra de la hechicería convocada por Ishizaki. Por supuesto, estoy interesado en saber con qué magia oscura trata mi enemigo.

Okura tomó la palabra como cabeza del clan Kuroki y le explicó el asalto al castillo de Numazu. De cómo una misteriosa niebla había hecho volverse en su contra a medio ejército tadano, de cómo los muertos caminaban entre las filas ishizaki y cómo incluso los mismos soldados tadano se habían unido al enemigo y se negaban a morir a pesar de las heridas. Cuando Okura terminó el relato, el semblante de Hosokawa era sombrío.

—Por todos los kami... Si lo que decís es cierto, entonces nuestro enemigo es mucho más poderoso de lo que pensábamos —antes de proseguir, Hosokawa se permitió unos momentos de pausa para asimilar toda la información—. También os he hecho llamar por otro menester. Ya hace unos días que hemos notado que nuestras reservas de grano se ven mermadas por una plaga de roedores que no sabemos de dónde ha venido. No me extrañaría que también resultara obra de hechicería maligna. Pido a vuestro sacerdote que investigue el asunto. Eso es todo. Gracias, valerosos Kuroki. Vuestra supervivencia ha sido de gran ayuda. Ahora retiraos, pues tengo mucho sobre lo que meditar.

Pasó otro día de obras y Togama decidió retirarse al santuario a purificarse. Necesitaba purgar toda la impureza acumulada durante el camino a la fortaleza y anunció que tardaría al menos un par de días dedicados a los rezos y las plegarias. Inquietos, Kyosuke, Okura y Yoshi decidieron hacer una batida por los alrededores de la fortaleza, ansiosos por encontrar una patrulla ishizaki demasiado cerca de Shimada o, tal vez, alguna pista acerca de los misteriosos temblores. Mientras se preparaban para partir, se les acercó un criado para decirles que Hosokawa había convocado esa noche una conferencia de los líderes de los clanes y estaban invitados.



Una vez en el exterior de la fortaleza, decidieron empezar su patrulla dirigiéndose a una ciénaga cercana a la costa. Hacia el mediodía, un campesino les salió al paso y se postró inmediatamente en el barro ante sus caballos.

—¡Ss...señores samuráis! ¡Señores samuráis! ¡Por favor, vengan conmigo! ¡Hemos encontrado un samurái muerto muy cerca de nuestra aldea! ¡Les ruego humildemente su ayuda!

Los tres samuráis se quedaron sorprendidos por la noticia e intercambiaron miradas. De repente, a sus espaldas se oyó la voz de un niño:

—Oooh, un samurái muerto...

El grupo se volvió al instante y a unos pasos por detrás de sus caballos vieron a Taro, el joven que habían rescatado en las montañas durante su huida de Numazu. Okura fue el primero en hablar.

—¿Taro? ¿Qué haces aquí?
—¡Pues acompañaros! ¡Soy un samurái como vosotros! ¡Iah! ¡Iiiiah! —respondió Taro mientras blandía un katana de madera que habría cogido de la fortaleza. Okura disimuló un suspiro. Sabía lo inocentes y soñadores que podían llegar a ser los niños y más Taro, después de cruzar la provincia junto a un grupo de samuráis. Saltaba a la vista que estaba desbordado de emoción. Así que, para evitar montar una escena, Okura le siguió el juego.
—Eh... claro, claro, sin duda. Mira, si nos quieres ayudar, ve a investigar por esa zona —haciendo gestos con la mano señaló más allá de los bosques de su alrededor y más o menos cerca de la fortaleza—, no podemos dejar que ningún sospechoso escape. Si encuentras a alguien, dirígete a la fortaleza y pide refuerzos.
—¡Entendido señor! ¡No le fallaré!

Taro salió corriendo hacia donde Okura le había señalado con el ímpetu de un chaval de su edad. Cuando se aseguró que estaba lo bastante lejos, Okura se volvió al campesino y le ordenó que los guiara hasta el cadáver. Al cabo de un rato llegaron a una ciénaga un poco apartada de la aldea. Dejaron los caballos atados en el camino y se internaron a pie en el lodazal. El campesino se puso a buscar entre unos espesos cañizos. Tras unos momentos, gritó: «¡Lo he encontrado, está aquí!». Los samuráis acudieron y encontraron un cuerpo boca abajo en el lodo, con el emblema de Hosokawa aún visible en sus ropas nobles. Al darle la vuelta y no encontrar heridas visibles, supusieron que alguien le habría roto el cuello.

Kyosuke se puso a buscar huellas que le aportaran alguna pista y se sorprendió al encontrar unas pisadas que atravesaban la ciénaga y viraban luego para finalmente dirigirse hasta el pueblo. Hacia el final del rastro, había otras huellas, más desgastadas, de caballo. Estas salían de la cercana aldea pesquera de Hitsuma y se internaban en los campos. Decidieron ir al pueblo costero a investigar.

Allí les recibió el jefe de la aldea, un tipo de aspecto rudo y buena barriga, junto a su hijo adoptivo, un joven muy peludo de barba rizada. Después de las presentaciones, el jefe les aseguró con genuina sorpresa que no sabía quién podría haber cometido el asesinato y sugirió que interrogaran a los aldeanos. Así lo hicieron, pero al poco de hablar con algunas personas, comprobaron que sus respuestas eran muy vagas. Todos afirmaban no saber nada. Pero una anciana que estaba sentada fuera de su casa, al ver pasar a los samuráis les hizo una seña para que se acercaran. «Ese samurái por el que preguntan venía mucho a la aldea últimamente», les dijo. «Cortejaba a una chica del pueblo, la hija de un pescador. Ella daba señales claras que no le gustaba pero los hombres puede ser muy necios en estos temas. Yo diría que ella ya estaba comprometida con alguien y a ese alguien no le gustó que alguien más anduviera detrás de ella. No sé nada más».

Los samuráis agradecieron a la mujer aquella información y se encaminaron en dirección a las huellas de caballo que salían del pueblo. Al cabo de poco tiempo encontraron una cabaña cercana al camino. Dentro había un caballo, un saco de alfalfa y un cubo de agua. Por el tipo de silla de montar dedujeron que se trataba del caballo del samurái muerto. Volvieron al pueblo y le preguntaron al jefe qué sabía del caballo, pero este les prometió que hasta ese momento ignoraba su existencia. Hartos de andar en círculos, Okura presionó al hombre con palabras muy duras. Finalmente, el jefe exhaló un largo suspiro y se sentó, resignado, en un taburete.


—Está bien, les diré la verdad. Hace pocos días, unos bandidos nos enviaron un mensaje escrito en un papel. En él decían que habían raptado a mi hija y si queríamos verla viva de nuevo, debíamos poner todo nuestro arroz en una barca esta noche en la playa de al lado. Espero que entiendan ahora por qué no se lo he contado antes. No quería poner en peligro la vida de mi única hija. ¡Solo tiene quince años!
—Tranquilo, le entendemos —le aseguró Okura—. Y no se preocupe, nosotros nos encargaremos de esos sucios bandidos.

Luego los tres samuráis se alejaron de la cabaña del desdichado jefe y se pusieron a pensar en un plan. Con la posibilidad de tener que enfrentarse a un número de bandidos desconocido y para impedir que lograran escapar, se decidió que Yoshi fuera al castillo a pedir refuerzos mientras Kyosuke y Okura ultimaban el plan. El rōnin reformado (a quien Okura había perdonado la vida hacía meses de camino a la aldea de Sukarō) cabalgó veloz de vuelta a la fortaleza y cuando pidió refuerzos en la guarnición, le respondieron que en una hora enviarían una patrulla de veinte jinetes. «Espero que lleguen a tiempo al menos», pensó el samurái. Aun así, antes de volver con las manos vacías se hizo acompañar de un rastreador experimentado.

Cuando regresó a las afueras de la aldea de Hitsuma, ya anochecía. Yoshi percibió entonces la silueta de un hombre que se ocultaba por las marismas junto al poblado.

—Sigue tú hasta el pueblo e informa a mis compañeros de que voy tras un sospechoso —le dijo al rastreador mientras se apeaba del caballo—. Me reuniré con ellos en cuanto pueda.

Dicho eso, Yoshi se internó por un sendero a través de la marisma en pos de la silueta que había divisado levemente hacía solo unos instantes. Cuando ya llevaba un buen trecho, una de sus pisadas no tocó el suelo y se sumergió de súbito en un pozo bajo el agua. Al fondo alguien había colocado unas estacas afiladas de madera. Los kami o los budas quisieron que no acabara ensartado, aunque sufrió buenas heridas en los pies y los tobillos. Con mucho esfuerzo consiguió salir de la trampa que seguramente su presa había preparado. Vigilando las sombras a su alrededor con la katana desenvainada, volvió cojeando al pueblo. Kyosuke y Okura se sobresaltaron al ver llegar a Yoshi en aquel estado y le preguntaron qué había sucedido.

Mientras el exbandido se quedaba en el pueblo aplicándose unas curas, Kyosuke y Okura partieron de inmediato al lugar de los hechos. Tendido a un lado del camino encontraron el cuerpo inerte del rastreador con una estrella metálica clavada en la frente. «¡Shinobi!», pensaron ambos al instante. Aquello añadía un agravante a la situación: no sólo estaban lidiando con un número indefinido de bandidos sino que, además, ¡contaban con ninjas entre sus filas! Mientras inspeccionaban el cadáver, se acercó por el camino la patrulla de jinetes que Yoshi había solicitado en la fortaleza de Shimada. Okura les puso al tanto de la situación y acto seguido acordaron un plan: se esconderían en la playa más allá de donde se suponía que iban a reunirse los bandidos para llevarse el bote y les tenderían una emboscada cuando acudieran a por el botín. Los recién llegados bajaron de sus caballos para internarse entre los cañizos y prepararse para la llegada de los bandidos.

—¡Eh, allí! —exclamó de súbito un pescador señalando con el dedo a un punto mar adentro.


Solo aquellos con la vista más aguda pudieron distinguir con dificultad un punto blanco en medio del mar, no muy alejado de la costa. Alguien había izado una vela en una embarcación. De inmediato, varios samuráis regresaron al muelle y encendieron un fuego mientras el resto preparaba sus arcos y flechas. Dispararon para intentar hundir el bote, pero este ya estaba fuera de su alcance y los proyectiles de fuego se hundían en el mar. Decidido a acabar con su misterioso atacante, Yoshi fue el único que dio en el blanco y la vela prendió fuego. Mientras tanto, Okura ya había tomado prestado un bote pequeño y Kyosuke, el más forzudo, empezó a remar enérgicamente para dar caza al bote que huía. Al ver la intención de sus compañeros, Yoshi corrió por el muelle y saltó para alcanzar el bote de sus amigos en el último momento.

Kyosuke remaba a toda velocidad, ayudado por Okura. Mientras, Yoshi se mantenía de pie en la proa, sin perder de vista el otro bote que se alejaba en el oscuro mar. Sus misteriosos ocupantes lograron apagar el fuego de la vela, pero el tiempo que tardaron en conseguirlo permitió a los tres samuráis acortar la distancia con ellos. Ya estaban en mar abierto, y las olas zarandeaban la barca con un vaivén incesante. A medida que se iban acercando, el viento les trajo las voces de un hombre y una mujer, y Yoshi distinguió además que el bote que perseguían iba cargado con muchos fardos, tal vez llenos de arroz y dinero. ¿Podían los bandidos estar formados solamente por esa pareja? Yoshi no se lo pensó dos veces. De pie en la proa de la barca, que no cesaba de subir y bajar, tensó una flecha en el arco, se concentró y disparó. La flecha surcó el cielo nocturno en una amplia parábola. ¡Un grito de dolor en la oscuridad del mar les confirmó que había acertado de nuevo! Poco después, vieron que uno de los pasajeros cambiaba de plan, pues saltó al agua y empezó a nadar hacia la orilla con mucha dificultad.


Pese a los esfuerzos de Kyosuke por interceptarlo remando sin descanso, el nadador consiguió llegar antes que ellos a la playa. Lo vieron cojear por la arena, pero apenas logró dar varios pasos antes de caer de bruces. Ya casi en la orilla, Okura vio desde el bote cómo el ninja sacaba algo de una bolsita y se lo bebía. Luego se tumbó en la arena, esperando su final. Solo unos segundos después, los tres samuráis llegaban a la playa. Okura saltó al agua sin esperar que la barca frenara y usando su casco a modo de cuenco, tomó agua de mar y se aproximó al ninja. Con la ayuda de su hermano, inmovilizó al hombre y le obligó a beber el agua, tapándole la nariz para obligarle a abrir la garganta. Su acción hizo efecto e inmediatamente el ninja empezó a toser y a vomitar el veneno rápido que acababa de tomar. Poco después llegaron el resto de samuráis de Hosokawa y empezaron a extraerle todo tipo de frascos con líquidos y utensilios de sus bolsillos. Mientras tanto, una parte de la patrulla había ido a traer el bote del ninja hasta la playa y así rescatar el dinero y los sacos de arroz. Okura le quitó la capucha al ninja y todo el mundo se quedó sorprendido al ver que se trataba del peludo, el hijo adoptivo del jefe de la aldea. Antes de desmayarse por la pérdida de sangre, aún alcanzó a murmurar unas palabras:

—Os lo ruego... Perdonad a mi... amada. La culpa es... solo mía.

Antes de que los samuráis de Hosokawa se llevaran al ninja al castillo, se oyó a alguien salir del agua. Era la hija del jefe. Con el rostro encogido por la pena, corrió hasta el ninja, se postró a su lado y rompió a llorar. Entre sus agitados y desconsolados sollozos, los samuráis de Hosokawa no tuvieron que esforzarse para sonsacarle toda la verdad. El ninja y ella se habían prometido en secreto hacía tiempo, pero como el padre de ella nunca habría aprobado la relación, el chico tramó el engaño de fingir el rapto y la amenaza de los bandidos para conseguir el dinero y las provisiones necesarias para empezar una nueva vida en otra provincia. Los samuráis consideraron que era mejor dejar la suerte de la chica en manos de su padre y volvieron a la fortaleza para asistir a la conferencia de los clanes vasallos. Mientras se alejaban, la chica quedó postrada en la arena. La luna y el rumor de las olas como únicos testigos indiferentes de su desconsuelo.

*  *  *

De nuevo en la fortaleza, Okura y Kyosuke acudieron a la conferencia de los clanes vasallos de Hosokawa. Tras la grave derrota sufrida ante el avance de las tropas de Ishizaki (ver capítulo V), había que decidir el siguiente paso a tomar. Todos los cabecillas coincidieron en que no disponían de los efectivos suficientes más que para resistir en Shimada, aunque otros proponían un último ataque desesperado para frenar el avance enemigo. Alguien propuso sin demasiadas esperanzas enviar un grupo para infiltrarse entre las filas enemigas, pero su voz enseguida se hundió en un mar de agitados comentarios del resto de líderes. Sin embargo, Okura alzó la voz sobre todos ellos. Con la sangre pulsando por sus venas y el ansia viva de venganza contra el daimio invasor, se ofreció voluntario para infiltrarse en el territorio conquistado por el enemigo y hacer lo que estuviera en sus manos para detener el inminente ataque contra la fortaleza de Shimada. Su arrojo dejó mudos a los jefes de los clanes, que lo observaron como decidiendo si tenían delante a un héroe o un loco. Kyosuke respaldó la decisión de su hermano mayor y el tema quedó zanjado.


Y con este pronóstico de futuras aventuras termina el octavo capítulo de la campaña. Aprovecho también para dar las gracias a nuestro cronista oficial por seguir al pie del cañón. En cuanto a ti, lector: ¿Te ha gustado el relato? ¿Y qué te parece la misión suicida de los protagonistas? Sigue las hazañas de los Kuroki en el próximo capítulo de «Samuráis de Suruga», donde Okura, Kyosuke y Togama apostarán sus vidas por el bien de la provincia, con nuevos personajes, nuevos peligros y hazañas memorables. ¡Gracias por leernos!

7 comentarios:

  1. De verdad que esta serie me tiene enganchado...

    ¿Para cuando la peli?

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    1. Todo se andará... ¡aunque más que peli, van a tener que hacer serie de TV con varias temporadas!

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    2. Pues sí, aunque en realidad nunca podría hacer una película porque las ideas de los escenarios solo son mías en un 10%. :-(
      ¡Muchas gracias por vuestros comentarios! Son el combustible que necesita el cronista. :-)

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  2. Muy buena la decisión de hacerle beber agua marina. ¡Chapó! Okura es un genio. Nunca me deja de sorprender rapidez de reacción.

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    1. Totalmente de acuerdo, a mí me dejó patidifuso. Es que el jugador no se lo pensó dos veces, parecía que lo tuviera pensado de antes.

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  3. Muy interesante, ciertamente. Se nota el desarrollo cada vez más rico y profundo en detalles y PNJ a quienes los PJ pueden odiar o con quienes pueden hacer amistad. Ya me gustaría poder ser jugador en una campaña así :).

    Por curiosidad ¿A cuántas sesiones de juego se corresponde lo expuesto hasta el momento?

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    1. Gracias, Cronista. En una de tus entradas de este mes comentabas que tal vez un amigo tuyo se anime a dirigir una campaña de RQ6 situada en Japón, así que, con un poco de suerte muy pronto podrías estar jugando una campaña así. ¡Y lo sabes! :-)
      Me encantará leer tus relatos de esa campaña.

      Respecto a la interesante pregunta sobre las sesiones de juego: generar este relato que acabas de leer nos ocupó una sesión de cuatro horas y pico. Pero hay otros que cubren dos sesiones de juego para que tengan una conclusión más adecuada para un relato y que no terminen en medio de un combate, por ejemplo. En total, creo que estos ocho capítulos cubren unas diez u once sesiones de juego. El capítulo de la gran batalla en la llanura lo jugamos en una sesión larga de mañana, bocata de calamares en el bar de abajo, y seguir un poco más por la tarde.

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